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Posted On Enero 5, 2017 By In COMUNICACION, POLITICA And 854 Views

Colaboracionismo y resistencia en InternetFeatured

Colaboracionismo y resistencia en Internet

El 19 de septiembre de 2016 pasará a la historia por ser el día en el que se lanzó la primera alerta masiva a millones de personas, sin autorización de los usuarios, en busca de un terrorista apareciendo en sus teléfonos por decisión policial. No hay discusión posible tratándose de terrorismo, el fin justifica los medios. Ya se ha avisado, también, que se volverá a utilizar. Esto supone un cambio, sin precedentes, en la propiedad, control y uso de las tecnologías de comunicación interpersonal. Se ha pasado una línea roja y apenas parece haber disensiones, es difícil que las haya como se ha mencionado. La cuestión clave a partir de ahora es de ¿quién es mi teléfono móvil? ¿es un aparato para mi comunicación personal privada o un tablón de anuncios policial o político o publicitario? Si algo sabemos es que toda tecnología tiene implícito su propio accidente como sostenía Paul Virilio; y no hay tecnología que no tenga su accidente. ¿Quién puede protegernos de los errores que se puedan cometer con ese tipo, o similares, alertas? ¿a dónde nos lleva democráticamente esta puerta que se acaba de abrir? ¿qué filtros puede haber que eviten errores masivos? Hoy en día la intersección entre vigilancia estatal (o paraestatatal) masiva de civiles, la vigilancia comercial y las compañías de telecomunicaciones abre las exclusas para accidentes tecnológicos masivos y, aún, inimaginados. Hoy, el error, ya sabemos que puede ser masivo gracias a la tecnología y el factor humano decidiendo (mal) detrás.

El resultado es que debido al finalismo dominante las fronteras sobre lo correcto e incorrecto, la verdad y la propaganda, lo legítimo y lo inaceptable se han difuminado a niveles alarmantes. Ya no disponemos de una separación clara entre las cosas, todo es caótico y por mucho que nos adaptemos a la entropía social creciente, no significa que se aclare nada. Al contrario. Se trata quizás de eso que J. Baudrillard identificó como un proceso imparable de indistinción. ¿Qué es lo que subyace a todo esto? Lo que Virilio tituló como “la administración del miedo” por la cual los estados ya no pueden o no saben ejercer su función de garantizar la seguridad física, económica y política de los ciudadanos y se ven en la necesidad de recurrir a los propios ciudadanos para justificar su propia función. No obstante, lo interesante es como la tecnología aparece socialmente revestida como omnipotente y con un componente salvífico ya rozando lo mesiánico. Como si la tecnología no tuviese todos sus límites y error en su creador limitado: el hombre.

Debemos dejar de mirar la tecnológica con ojos infantiles y comprender la escala masiva de los accidentes que lleva implícitos. Junto a las potenciales conexiones entre vigilancia masiva y accidente tecnológico. La lógica económica que subyace al valor de mercado de empresas como Facebook y otras similares no puede estar completamente errada y ser algo filantrópico, estas corporaciones obtienen su valor de los datos de los usuarios proporcionados, voluntaria e involuntariamente, por ellos mismos.

Acaso ha llegado el momento de dejar de negar que quién está desnudo no es un rey megalomaníaco sino que somos nosotros los que estamos desnudos. Que la vigilancia masiva de civiles y los datos y metadatos de los usuarios que se desnudan y exhiben en Internet es el verdadero modelo de negocio triunfante de Internet. Si los usuarios de las plataformas sociales tienen o no el control sobres sus datos (privados, de comportamiento, etc.) o son propiedad de grandes empresas parece ser ya una batalla decidida a favor de las fuerzas corporativas, que aprovechando su presencia global y las legislaciones locales tienden a imponer las políticas de privacidad o más recientemente cambiados a términos de servicio de forma unilateral y a conveniencia, lo que se acerca mucho a que las políticas de privacidad de facto no existan.

Además, las plataformas sociales como Facebook no dejan de disciplinar a sus usuarios condicionando y forzando roles y modos de comportamiento por medio de la definición de lo que y no es posible a través del código. La paradoja es ya evidente y tenderá a serlo cada vez más: las personas necesitan canales sociales para expresar sus opiniones y creatividad mientras que las grandes plataformas tienden al lock-in de sus usuarios y a comprenderlos a estos como productos para la generación de beneficios, lo que son dos premisas ideológicas contrapuestas por completo.

No obstante, la posición dominante de algunas plataformas mainstream son más precarias de lo que parece, como se ha visto con la emergencia y declive de corporaciones online como Yahoo, Second Life o MySpace. Tal y cómo se defendió Google de las acusaciones de monopolio por un acuerdo con Firefox, no puede haber monopolio si la competencia está sólo a un click de distancia. Un solo clik hoy en día puede ser el gran acto de disidencia y resistencia que puede no servir para nada o ser el comienzo del fin del colaboracionismo con esas plataformas. No decidir ya es, en sí, una opción.

Post publicado originalmente en

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