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Posted On Septiembre 6, 2016 By In COMUNICACION And 1679 Views

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McLuhan se equivocó

McLuhan profetizó el fin de la galaxia Gutenberg y cómo estábamos abocados a instalarnos en la galaxia Marconi como conclusión de una dinámica histórica que culminaba con la televisión. Dicho de otra forma McLuhan proponía el fin de la cultura escrita a favor de la cultural visual, lo que se cumplió sólo en parte y de la forma menos esperada. Así, aunque es cierto que la caligrafía será pronto una suerte de arte en extinción eso no va a significar la desaparición de lo escrito a favor de lo audiovisual, de la misma manera que la televisión no supuso la desaparición de la radio o la imprenta. Al contrario de lo previsto por McLuhan lo que ha ocurrido es una simbiosis, tan brusca como imprevisible, que ha dado como resultado -gracias a Internet y sus medios- a una espamización brutal de lo audiovisual y lo escrito de forma conjunta a una escala sin precedentes.

La galaxia Marconi ha dejado de ser explicativa –ha muerto como paradigma- aunque sobreviva parcialmente. Estamos en la galaxia Berners-Lee, Internet es el macromedio total que no compite con otros medios ni los elimina sino que los asimila, integra, reabsorbe y pone a gravitar a su alrededor todo lo existente o imaginable, algo ni siquiera sospechado por McLuhan. Al igual que los agujeros negros la galaxia Berners-Lee parecería provocar una singularidad por la que, debido a su propia capacidad de inclusión, permite que todo lo imaginable sea atraído o generado como datos publicables en cualquier formato. En el interior de Internet existe una tal concentración de datos, generados durante las últimas dos décadas, que genera un campo gravitatorio tal que nada puede escapar –ni la luz- de ella. La spamización, la generación incontrolable de contenidos ha adquirido su propia lógica generativa, es la nueva ley de la gravedad en la galaxia Berners-Lee.

Ahora bien, es dudoso que el crecimiento exponencial de la información haya supuesto una mejora si quiera comparable en cualquier faceta positiva de nuestra vida. ¿Estamos mejor –no más- informados gracias Internet?, ¿somos más cultos por tener acceso a la Wikipedia porque haya prevalecido sobre la Enciclopedia Británica?, ¿podemos tomar decisiones con menor riesgo gracias a los datos disponibles?, ¿acertamos más con el acceso a fuentes -hace pocos años impensables- ante situaciones de incertidumbre?, ¿estamos colectivamente más capacitados para sobrevivir si se produce alguna forma de colapso tecno civilizatorio?

Algo relacionado con el ingestionable incremento de la incertidumbre debe estar en la base de la extensión de juicios asumidos colectiva y acríticamente, como si perteneciesen al sentido común, como p.e. el mantra de la positividad del error: equivocarse es algo (intrínsecamente) bueno; como si el error fuese una vacuna contra el error siguiente. Si por extensión entendemos la vida colectiva como un juego de flujos de interacciones constantes, la vida social es un juego de suma cero, por lo que por lógica el error no puede no tener consecuencias. Por tanto, desde la lógica más elemental equivocarse no tiene nada positivo en sí, excepto si está mediado por un aprendizaje y no se vuelve a repetir el mismo error exacto; que dará paso a un nuevo tipo de error.

No hay cerebro humano que no sea sobrepasado cognitivamente por los aludes diarios de datos e informaciones generados sin descanso y sin otra finalidad que captar la atención –el verdadero recurso escaso de nuestro tiempo debido a lo que estamos sometidos a un proceso de expropiación masivo-.

Es cierto que las tecnologías, y en eso la intuición de McLuhan fue acertada, funcionan como extensiones de nuestros sentidos o habilidades cognitivas ver más, recordar más, conocer más, oír más, tocar más, hablar desde más lejos… pero más información sólo impone más recursos para el acceso a las mejores tecnologías para la captura, indexación y procesamiento de datos y, por otra parte, más habilidades intelectuales de los sujetos para extraer el conocimiento que ayude a la toma de decisiones acertadas. Parece, por tanto, que conceptos como inteligencia colectiva o economía colaborativa no son más que cortinas de humo destinadas a alimentar a tecnoingenuos, que permiten difuminar donde residen las ventajas competitivas reales.

Toda nuestra era de la información se ha hecho equivalente a la comunicación misma y ha hecho más probable el error individual o colectivo y reducido los niveles de certidumbre a la hora de tomar decisiones. Obligándonos a una gestión del caos para la que el ciudadano medio está lejos de estar preparado. La consciencia cósmica augurada por McLuhan no es sino la spamización. Instalémonos en el caos, no queda alternativa.

Post publicado originalmente en Apple Tree Communications

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