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Posted On junio 14, 2016 By In BLOG, COMUNICACION And 1725 Views

Disidencia digital

Disidencia digital

Internet, aún en la segunda década del siglo XXI, es la consecuencia de las decisiones tomadas sobre su arquitectura y código en los inicios de los años 90 del siglo pasado. Así, para Lawrence Lessig las primeras generaciones de arquitecturas de Internet, que en gran medida hacen posible lo que hoy sigue siendo Internet, fueron creadas por científicos, investigadores y hackers no motivados por aspectos comerciales sino en crear una red de comunicación abierta. Microsoft, aunque no esté en la memoria colectiva, intentó en los primeros años de la década de los 90 crear su propia Internet. Por fortuna para todos, Microsoft llegó tarde para crear una red cerrada y controlada, todo gracias a las arquitecturas originales que facilitaron el crecimiento y expansión de Internet. Eso no significa que hayan desaparecido los intentos por controlar, cerrar, acotar, limitar, etc. Internet.

Lessig afirma que “el control del código es poder” parafraseando la afirmación de William Mitchell de que “el código es la ley del ciberespacio” y a Joel Reidenberg para quien el código es “lex informatica”. El código es como se construye y define la experiencia de usuario posible. El código ejerce una función normativa de lo que es y no es posible. El código es la misma condición de posibilidad de la comunicación en Internet, por medio del cuál se determina cómo se potencian o restringen las capacidades expresivas de las personas y lo que facilita, o no, la diversidad de las prácticas comunicativas en el ciberespacio.

Uno de los ejemplos más sencillos para explicar la importancia y qué supone el código es la gran aportación de Facebook a la historia universal del libre albedrío: el botón de “me gusta”. Alguien decidió que la libertad de expresión en Facebook estaba restringida a ese botón, no a un botón de indiferencia o de rechazo, sólo al “me gusta”. El código no es, por tanto, una mera línea de código, casi nunca es neutral. El código es una ideología porque alguien decide qué hacemos y qué no podemos hacer online.

Así, desde inicios de los años 90 del siglo XX, Internet fue acogida y defendida -con el mismo espíritu de sus padres fundadores investigadores y hackers- como la puerta de una nueva era. Algo que no necesariamente se ha agotado sino que muestra sucesivas reactualizaciones en paralelo a la propia y vertiginosa evolución tecnológica que siguen concibiendo Internet como una espacio de excepcionalidad para la emancipación social, la comunicación horizontal sin fricciones, la colaboración en masa, la cultura participativa y la inteligencia colectiva. Internet está tan lejos de las visiones tecnoutópicas como de las distópicas que han tendido a acusar a Internet como una nueva forma de aislamiento social, de pérdida del contacto con el entorno social, incluso más de lo que lo pudo haber provocado la televisión. La clave está en el código.

El código se crea y cada vez más plataformas tienden a llevarnos a un lock-in que no es más que una jaula de oro (Facebook, Apple, Google…) donde darse de baja o borrar una cuenta se convierte en un laberinto diseñado para disuadir de su recorrido. Las políticas de privacidad o mejor dicho, los términos de servicio que se cambian unilateralmente por las plataformas, es lo mismo que no tener política de privacidad. Usar el concepto de política de privacidad es la forma de repetir un marco lingüístico alrededor de la privacidad que no existe.

La privacidad es la nueva moneda, la nueva monetización oculta y tiende a ser cada vez más parte del producto a comercializar por las plataformas mainstream como se menciona en El negocio de Twitter y Facebook con nuestros datos. El accidente de los social media, en términos de P. Virilio, quizás no sea la velocidad del cambio tecnológico o las ingentes cantidades de información sino la pérdida de privacidad.

El riesgo reside en esas jaulas de oro creadas con código, que nos atrapan en su “lock in” y las restricciones para el “opt-out”. Un código que no es desarrollado por los sucesores de aquellos científicos o hackers de los orígenes de Internet sino por los más brillantes programadores corporativos. Un creciente número de usuarios y algunos gobiernos comienzan a ver el riesgo del comercio de la privacidad por parte de unas pocas grandes corporaciones social media como una verdadera amenaza para los principios democráticos públicos y privados.

El pronóstico es que esta paradoja tenderá a ser cada vez más evidente: las personas necesitan medios sociales para expresar opiniones y creatividad mientras que las grandes plataformas tienden al lock-in y a comprender a los usuarios como productos para la generación de beneficios empresariales. Ambas lógicas suponen premisas ideológicas contrapuestas.

No obstante, la posición dominante de algunas grandes plataformas sociales son más precarias de lo que parece, como se ha visto con la emergencia y declive de gigantes online como Yahoo, Second Life, MySpace, etc. Tal y cómo se defendió Google de las acusaciones de monopolio por un acuerdo con Firefox, no puede haber monopolio si la competencia está sólo a un click de distancia. Un solo click hoy en día puede ser un gran acto de disidencia porque, en definitiva, no somos código ni metadatos. Somos los medios y parte del mensaje.

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