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Posted On junio 12, 2016 By In COMUNICACION And 1564 Views

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En el ecosistema de Internet se ha vendido la idea durante largo tiempo de que se estaba ante la era del todo gratis, la era freemium y aunque ha habido empresas e individuos que así lo creyeron, con consecuencias nefastas, es algo que se ha desvelado hace tiempo como falso.

No hay nada gratis, simplemente porque es imposible e incompatible con en el modelo económico en el que vivimos donde todo es una transacción y donde que no tenga precio no significa que no tenga valor susceptible de ser vendido después. Lo que ocurre es que al igual que se tiende a confundir el valor con precio se ha tendido a confundir gratuidad con que no hay valor si uno no es capaz de verlo.

Que una persona de a otro algo de forma desinteresada no significa que no tenga un coste para el primero; y que sea desinteresado el acto no significa que para el otro no tenga valor. O que el receptor lo tome no significa que no lo pueda comercializar –de distintas tipos de maneras- lo que muestra no solo que tenga un valor sino también un precio. En la inflaccionada economía colaborativa unos ganan los que otros pierden porque se trata de un juego de suma cero. Lo obvio no tiene porqué ser sorprendente: cuando algo se repite de forma constante y extendida acaba tomándose de forma colectiva como algo verdadero.

Gratis en Internet ha sido identificado con contenido generado por los usuarios de forma desinteresada, contenido ofrecido por diferentes tipo de medios o plataformas, activismo altruista, campañas de comunicación institucionales, etc. etc. Gratis es, por ejemplo, el trabajo gratuito para terceros tal y como hacemos cada vez que nos vemos obligados a usar los captcha y recaptcha, de Google que, por cierto, generan un ahorro en mano de obra a Google según V. Mayer y K. Cukier, en su libro Big Data, superior a los 2 millones de dólares diarios, esto es, 750 millones de dólares al año en 2013.

Mucho dinero ¿verdad? No parece algo muy gratis y sí mucho trabajo al hacerlo de forma global y obligada, la escala de una acción individual cambia radicalmente al verlo en global, es una verdadera genialidad hacer trabajar gratis y de manera forzosa a millones de personas cada día basado en algo tan simple como el test de Turing. ¡Si Alan Turing levantara la cabeza!

También parece gratis el acceso a los diarios online llenos de noticias copypasteadas de agencias, de otros medios o de los medios sociales, informaciones llenas de faltas de ortografía, errores de redacción o noticias sin verificar o, incluso, directamente inventadas y otras veces mera agenda ideológico política… se podría hacer un largo inventario. Eso sí, a cambio hay que pagar, nada es gratis del todo, al menos siendo sujeto de una publicidad cada vez más omnipresente, invasiva o simplemente camuflada como contenido real, que en lugar de publicidad se llama branded content o contenido patrocinado. La publicidad no sólo tiene el efecto de rellenar cualquier espacio posible alrededor nuestro sino que se disfraza, mimetiza y camufla parece que parezca todo menos publicidad buscando que sea más clicable. La publicidad entiende algo muy importante a la perfección: la atención es el verdadero recurso escaso de nuestro tiempo.

¿Qué fue de aquel buz de “el contenido es el rey”? Que los publicistas no han dejado de reír desde entonces. Tan es así que se ha desarrollado un modelo de periodismo, en el cualHuffington Post es la punta de lanza, donde lo más importante no es el contenido, sino el número de veces que un titular es clicado. Para ello se cambian los titulares o se duplican noticias y se evalúan los patrones psicológicos de las audiencias dando más clics y, por tanto, el objetivo no es la información sino que más publicidad sea servida por losadservers. Cada clic tiene un valor y un precio, cada registro de alta con datos de cliente tiene un valor y un precio, cada imagen subida o compartida, cada vídeo visualizado, cada comentario realizado, cada búsqueda hecha, cada compra, cada lectura, cada visualización, cada app descargada que accede a nuestro móvil de forma exhaustiva, etc. tienen un valor de mercado, un precio, nada es gratis.

Asistimos a un mínimo, progresivo, imparable, registrable proceso de apropiación de datos personales y de comportamiento que disfrazado de gratuidad reconstruyen nuestro perfiles en ordenadores lejanos que recombinan metadatos y son vendidos en procesos de selección, venta de seguros, concesión de créditos y cada vez ocurrirá más. Es cierto que esa expropiación de datos se puede consentir de forma voluntaria o no, pero hay una gran parte de esos datos y metadatos que no elegimos darlos sino que se toman, no importa que la publicidad no sea exacta hoy pero es mucho más eficiente que hace unos pocos años y mucho menos de lo que lo llegará a ser. O cada vez que se cambia unilateralmente las condiciones de uso y privacidad de una aplicación solo se cumple una parte de la legalidad de algún país que no tiene que ser legal en el de cada uno, pero el legislador está superado por todas partes.

Estamos en un mundo que está cambiando de todo para el cliente a todo lo del cliente. Hemos pasado del consumidor pasivo, al consumidor expropiado; del camino del consumo a la felicidad imaginaria a del consumo de frustración. Se abre una nueva época poco a poco, aquella en que las empresas nos clasificarán en función de nuestro potencial publicitario y abrirán el paso a los frustomers, los consumidores transparentes, los consumidores sin privacidad, lo consumidores consumidos como productos gracias a que todo parece freemium.

Post publicado originalmente en Apple Tree Communications

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