Sin título-1

Posted On junio 6, 2016 By In BLOG, COMUNICACION And 1371 Views

Créeme, te estoy mintiendoFeatured

Créeme, te estoy mintiendo

No por omnipresente deja de ser evidente: la mentira nos rodea a pequeña y gran escala en el ecosistema de información que compartimos. O al menos, se puede afirmar que la verdad y la mentira conviven en un mismo estatus de validez, amparado o en el relativismo o en la pluralidad o en la diversidad, etc. o cualquier buzzword del momento político correcto. La cohabitación de todas las opiniones y puntos de vista ha inflaccionado hasta tal punto que la mentira no tiene coste social alguno.

Todos los días convivimos, sin ir más lejos en temas políticos, con versiones completamente contradictorias del mismo hecho político, económico, judicial o… Eso no es sólo diversidad o pluralidad; hay alguien que miente a otros sea a una persona, un medio de comunicación o todos. Hay muchos conceptos que se confunden demasiado a menudo: sinceridad con verdad, transparencia con verdad, diferencia con verdad, respeto con verdad, tolerancia con verdad, repetición con verdad… Y mientras tanto, la mentira nos rodea y es gratis (casi siempre) para políticos, periodistas, directivos, comunicadores, individuos en medios sociales… Y sucede por una simple razón: el verdadero poder reside en la captura de la atención y en el control del discurso. El gran y verdadero pánico en nuestras sociedad es el vacío de atención. Lo saben todos los medios de comunicación: sin atención no hay negocio de la información (o desinformación). La distancia entre verdad y mentira tiende a cero si como audiencia estamos atentos.

Las ingentes cantidades de información -incluyendo todo lo que abarca desde meros datos hasta el conocimiento científico- que se genera y está disponible y accesible como nunca antes en la historia de la humanidad, no paran de generar un creciente estrés cognitivo tanto para cada individuo como para la mente colectiva. Hay, por tanto, una ficción de fondo: la individualidad donde, en realidad, es la mente colectiva la que tiene la palabra, nuestra palabra. Es en la mente colectiva donde se crea un compromiso entre individuo y sociedad, entre lo que parece aceptable y lo que parece verdad, o sea, todo. Así, cada uno de nosotros no somos más que un recorte de una mente colectiva estresada cognitivamente. Asistimos a una suerte de rebosamiento colectivo de material psíquico, -relevante e irrelevante, verdadero y falso- en la mente colectiva que no ayuda a tener más criterio individual sobre cada tema sino que provoca la necesidad apremiante de buscar un refugio ante la amenaza de desbordamiento. Ante tal avalancha y riesgo de sobrecarga se produce lo que se denomina un déficit de racionalidad por el que para protegernos buscamos la referencia de nuestro grupo de adscripción para saber qué pensar, qué opinar, qué saber e incluso qué sentir ante el torrente y velocidad de lo nuevo y sus acontecimientos.

Asistimos -como espectadores más o menos activos, nunca por completo pasivos- a la madre de todas las batallas no declaradas: la guerra total por nuestra atención. Un ejemplo casi absurdo de esa batalla es, por ejemplo, la medición de los impactos de la publicidad exterior, algo cuya medición está más cerca de lo esotérico que de la racionalidad, pero que no deja de ser comprado puesto que se asume que esa atención es medida, aunque sea de forma cuasi chamánica. Sucede, lo mismo, con los audímetros de TV -unos pocos miles en más de 40 millones de hogares asumiendo que el muestreo una técnica del siglo XIX para épocas de escasez de información es válido para nuestro tiempo- los GRPs de la prensa escrita y las TVs, etc.

La atención es la gran guerra oculta de nuestro tiempo, sólo así se explica que la mentira tenga el mismo estatus óntico que la verdad -suponiendo que como conceptos aún sigan siendo explicativos hoy día. Sólo cuando la mentira captura la atención de la mente colectiva y de sus recortes en las mente individuales consigue su valor de mercado suficiente para ser una forma aceptable de verdad.

El discurso no es lo que muestra los intereses en conflicto sino aquello por lo que y por medio de lo que se batalla. El orden del discurso se ha modificado. Es así como la voluntad de verdad que ha cruzado siglos en el pensamiento occidental ha perdido en el discurso público su autoridad a favor de la utilidad y/o rentabilidad. La lucha es una lucha política, en realidad, por la apropiación del discurso para direccionar las percepciones de forma colectiva. Y una vez desencadenas las percepciones como creencias, a través del lenguaje y la repetición, se reproducen nuevas fuerzas sociales. No hay más que ver las noticias, o lo que tomamos por tales, estos días. Creedme, os estoy mintiendo.

Post publicado originalmente

ATC para post

creative_commons

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Loading Google+ Comments ...
Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers: