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Posted On mayo 31, 2016 By In BLOG And 1001 Views

Yo entiendo a Juanfran

El fútbol es fútbol. Una tautología que refleja el principio y el fin del fútbol. El fútbol es, al mismo tiempo, grandioso y mínimo, es ambiguo y explícito, visceral y racional, de barrio y mundial; todo en un único espacio. La grandeza y la miseria del ser humano se ven reflejadas a una escala sin precedentes en el fútbol, lo heroico corre en paralelo a lo miserable, lo trágico con lo cómico. El fútbol, es cierto, puede sacar lo peor de muchos que se compensa con lo mejor de algunos. Es, también, el espejo de lo que somos como especie, sociedades, grupos o individuos de manera transversal y simultánea. El fútbol nos refleja tanto como la vida misma que observamos a través de la televisión, nos mostramos con el fútbol tanto como con lo que consumimos, lo que votamos o lo que pensamos y todo el resto de contradicciones que revelamos u ocultamos. Y, por supuesto, sabemos que hay personas que odian o se desentienden del fútbol, lo sabemos, no pasa nada, hay espacio para todos porque el fútbol no exige incondicionalidad ya que permite la modulación de las distancias deseables; aunque nadie es ajeno por completo a su lazo intangible.

El fútbol es uno de los grandes hechos comunicativos creados de manera involuntaria en el siglo XX y expandido como el virus perfecto por todos las esquinas del planeta. El fútbol hay que entenderlo como un acto colectivo de comunicación en estado puro y arcaico. Es cierto que los futbolistas no son el ejemplo de un ideal cultural pero sí lo son del talento natural y del esfuerzo puesto al servicio de esa aptitud. El juego en sí tampoco es siempre el mejor exponente de lo artístico pero hay partidos o momentos donde uno intuye una omnipresencia estética e, incluso, las formas de la belleza en movimientos, desplazamientos o regates. En el fútbol se encuentra el instante donde lo fugaz construye el recuerdo para siempre. Uno no siempre sabe por qué pero se sabe, está ahí.

Los recuerdos de mi infancia se remontan a cientos de imágenes jugando con amigos en la calle, en los recreos del colegio, en aquellos campos de arena donde jugando también crecimos juntos. El fútbol es una forma de educación sentimental más, ni la única, ni la última pero sí de las primeras para los que crecimos con cualquier tipo de pelota –míticos aquellos balones de reglamento- pegadas a las botas. Vivíamos un aprendizaje paralelo jugando en la calle todas las tardes hasta que anochecía, donde la televisión o la tecnología, casi inexistente, no era rival ni competencia seria.

Hay pocas cosas que me gusten más que ver el fútbol en el campo. Por eso ando cada temporada en el mercado negro de los abonos del Real Madrid ya que desde que podría permitirme ser socio y abonado es imposible hacerse socio. Y no, no se trata sólo como le escuché a un niño a mi lado en el estadio “esto es el circo romano moderno”. No voy al campo a ser absorbido por lo colectivo ni por la calidez del consumo solidario de las emociones ni voy por la anomia protectora o el latido compartido o, como sociólogo, por la interpretación del comportamiento colectivo como una única mente. Voy al campo porque se elimina la dictadura de la cámara televisiva siguiendo la pelota, para ver las posiciones, los desplazamientos y el flujo de la partida de ajedrez simultáneo que entienden los jugadores más inteligentes, el juego dinámico de redes y pases que construyen la visión y el talento.

Mi madre era de la generación que creció en la posguerra civil casi sin nada, incluso casi sin colegios. Cuando siendo niño llegó el momento de mi primer traje de fútbol recuerdo que me dijo “¿Cómo te voy a comprar un traje del Real Madrid con lo que te vas a ensuciar? “ Así que, con ese colosal sentido pragmático de una madre, me compró el del Atlético de Madrid con el número 9. Con esa camiseta vi perder al Atlético contra el Bayer de Múnich en 1974 en una televisión en blanco y negro. No lo olvidaré nunca, todavía veo a Gárate caído en el área alemana en la penúltima jugada y a Reina lanzándose mil veces sin alcanzar nunca el balón. Tardé unos años pero volví pronto a donde pertenecía futbolísticamente, ya no era el problema ensuciar la camiseta. He estado en las finales de Lisboa y Milán, sabemos lo que es ganar dos finales y la alegría sentida es casi intransferible como emoción y, al mismo tiempo, el reconocimiento de ese guerracivilismo fatídico de hacerlo contra el Atléti. Mis dos hermanos son del Atleti, mi sobrino, algunos de mis mejores amigos… todos tenemos familiares o amigos o personas apreciadas que han perdido esas dos finales y nada ha cambiado entre nosotros a pesar del sustrato fratricida.

Si los que jugamos al fútbol podemos recordar, décadas después, partidos, goles encajados, los goles que marcamos… es fácil aún hoy presentir para mí aquella seguridad a la espalda de tener a uno de mis mejores amigos de portero y a otro jugando de libre a mi lado. Yo sé lo que sintió el fondo blanco de San Siro o el da Luz porque lo sentimos juntos todos los madridistas; y sé también lo que sintió el fondo rojiblanco. Yo sé lo que siente Juanfran, sé que nunca va a olvidar esos segundos de Milán, las veces que se repetirán en su mente el eco de un solo instante. Sabemos lo que siente Juanfran. Y lo sabemos porque sentimos el fútbol, porque se trata de con-pasión. Eso es la grandeza del fútbol, lo que lo hace único para tantos. Algo que o se entiende o no se entiende, es un lenguaje que no es propiedad de nadie. Todo eso y nada más; es solo fútbol.

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