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Posted On abril 5, 2016 By In BLOG, COMUNICACION And 1223 Views

Mi reloj de cuerda y Zuckerberg

Mi reloj de cuerda y Zuckerberg

La semana pasada me compré un reloj. No es un i-watch ni tan siquiera un reloj inteligente. Se trata de un reloj al que tengo que darle cuerda cada cierto tiempo, algo que no hacía desde hace, al menos, tres décadas. Hace unos meses borré la cuenta de Instagram con varios centenares de seguidores, sin más. Ahora mis fotografías ya no son públicas y se quedan en el móvil o en el ordenador. Nunca me he fiado de Facebook, así que borré la cuenta a las pocas semanas de abrir el perfil hace nueve o diez años. Mi interés por Twitter se ha ido reduciendo al de investigador y analista, cada vez menos activo como usuario y menos pendiente de capturar atención y menos interesado en lo que se repite sin cesar en Twitter. Lo confieso, aunque comencé a usar Internet en octubre de 1995 y luego he trabajado e investigado en negocios y diferentes temas relacionados con Internet –o quizás a causa de ello- mi apostasía digital no para de crecer. Me interesa comprender más y mejor pero no necesariamente ser usuario de plataformas; así que tras comprender su lógica las abandono. Así que me encuentro observando mi propia deriva y buena parte de ella ha quedado reflejada en los post que he ido publicando en este blog, haciéndome la pregunta de ¿qué pasa aquí?

Una respuesta parcial la encontré leyendo al antropólogo C. Geertz que escribió “la superación de la incredulidad nunca ha sido fácil de conseguir”. Después de más de 20 años como usuario de Internet, ni Facebook ni Twitter ni… ni otras muchas cosas parecen reflejar lo que imaginábamos que podría llegar a ser Internet. Se ha convertido en algo controlado cada vez más por un grupo reducido de grandes corporaciones (como también ocurrió con otras tecnologías como el telégrafo, la TV o el mismo ferrocarril) con una voracidad insaciable por nuestros datos privados como Apple, Amazon, Facebook, Google, etc. y junto a ellas los gobiernos, agencias gubernamentales y otras empresas con el mismo objetivo. Y si esto es así es porque los datos (nuestros datos) tienen un valor de mercado. No creo que haya quien lo dude. Lo llamativo es que parece no importar demasiado y tiende a quedar oculto bajo nuevas promesas tecnológicas que ocultan su accidente implícito. He sostenido en diferentes ocasiones y lugares que el mayor riesgo no es sólo que p.e. Facebook, esa ONG que nos quiere hacer creer Zuckerberg que ha creado para resolver problemas mundiales, tenga los datos que tiene sin precedentes en la historia. El riesgo reside en lo que Facebook –que cotiza en bolsa, tiene que dar beneficios y no puede ser gratis- puede hacer o llegar a hacer con esos datos. Un ejemplo de ese peligro, no por previsible menos alarmante, es lo que publica Wired cada semana, p.e. Employers Are Paying Data Firms to Predict Your Health Risks. En resumen, la transparencia y la renuncia a la privacidad lleva a su apropiación bulímica, comercialización y en un círculo que se retroalimenta a mayor control y decisiones más arbitrarias con restricciones de derechos en función del valor de mercado de nuestros datos.

Hace poco Movistar me enviaba un SMS avisándome que mi teléfono iba a ser monitorizado -argumentado algún beneficio inexistente para mí y ocultando la verdadera intención: la geolocalización y el acceso constante a mi móvil- en un plazo de 30 días y que si no lo deseaba me podía oponer llamando a un numero, el 224407; donde solo hay un contestador, que no atiende nadie, con una grabación (lo tengo todo grabado) que informaba de una dirección de correo postal en Bilbao donde debo mandar todo tipo de documentación acreditando que yo soy yo y que yo puedo pedir lo que pido y así Movistar me obliga a demostrar que puedo negar que usen lo que no he autorizado que usen. Un abuso en toda regla al otorgarse un consentimiento implícito y encaminarme a un laberinto para no dar un consentimiento, que se toma por defecto, y sin interlocutor posible. La frase de Geertz tiene más sentido que nunca: la incredulidad es difícil de superar, desde luego.

No me creo cuando Zuckerberg afirma que quiere “un mundo más abierto y conectado” si no es para que los usuarios de Facebook sean cada vez más transparentes. No me creo que Movistar me diga que me van a “tratar los datos de tráfico de internet y ubicación de las comunicación de su dispositivo móvil” todo un aparato eufemístico “con la finalidad de optimizar y mejorar la cobertura” y, menos, cuando usan el miedo mencionando potenciales “ciberataques”, etc. Un mensaje, comportamiento, actitud abusiva y ejecución dignos de pasar a la borgiana Historia Mundial de la Infamia eso sí ejecutado por personas decentes, intelgentes y bien formadas además de bien pagadas.

Mientras tanto los viejos y nuevos profetas y charlatanes de Internet que siguen creyendo a ciegas en que Internet es la solución al todo, siguen embelesados parloteando de los aspectos revolucionarios, de la superación de las contradicciones, de las revoluciones, de la eliminación de fricciones, de la colaboración en Internet como cada vídeo de TED, que E. Mozorov, describe a la perfección como “esa especie de Woodstock de la decadencia intelectual”. Internet ya ha desarrollado su propio accidente– en términos de P. Virilio- como toda tecnología, que no para de crecer su riesgo. La tecnología nunca ha sido neutral porque es una creación humana y son personas las que toman decisiones sobre lo que es posible hacer con ella, sin tener por qué tener en cuenta en esas decisiones cuestiones éticas o morales.

El periodismo siempre ha mantenido el mantra de que la primera víctima de una guerra es la verdad. Son unos optimistas pensando que la verdad la tienen ellos. Los nuevos mesías herejes que denuncian y muestra la realidad, y en gran medida la verdad, como Assange o Snowden son perseguidos hasta el último rincón del planeta en nombre de la libertad y la seguridad, las dos grandes víctimas de la tecnología. Me quedo con lo que dijo Snowden el pasado 20 de febrero “que si bien algunos de sus antiguos colegas en la NSA y la Agencia Central de Inteligencia empatizan con sus creencias sobre la privacidad individual y la libertad, otros dijeron que “en realidad la Constitución no importa””. Claro, se refieren a la Constitución de los EEUU, así que no hace falta pensar lo que se preocupan de las constituciones de otros países.

La forma de resolvernos problemas a través de más control y transparencia negativa de Movistar, Facebook, Apple, Google, etc. no es un error es su característica, es el signo de los tiempos. Y es muy preocupante por muy dorada que sea la jaula que nos ofrecen o del proyectado paraíso libertario tecnológico de los tecno-charlatanes. El poder hoy es el control del discurso tecnológico y nuestros datos personales privados, el botín para cada aplicación y empresa. Internet no se despliega haciendo el bien por sí sola como tecnología, eso depende de las personas que toman decisiones como quien decidió la aberración expuesta desde Movistar. La lógica de la ubicuidad de Internet y sus crecientes evoluciones antidemocráticas no parece poder cambiarse, estamos atrapados; solo pueden evitarse (a ratos). El error es entender Internet como algo estático, como una fuente de sabiduría o supuesta inteligencia colectiva y no de riesgos. Hoy ya no hay otra Internet que la Internet de las corporaciones. La otra Internet ya no existe. Tengo que darle cuerda a mi reloj, superemos la incredulidad.

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