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Posted On febrero 18, 2016 By In COMUNICACION And 1682 Views

Transparencia y pornografía.Featured

Toreros, transparencia y pornografía.

Es conocido lo sucedido a raíz de la publicación por un torero de una fotografía suya toreando con su hija de pocos meses en brazos. El proceso de difusión y reacción en cadena ha seguido un patrón reconocible entre medios sociales y medios profesionales. Se publica la fotografía por parte del torero, hay algunos comentarios en contra y de críticas en Twitter o Instagram –como los hay a miles cada día sobre cualquier tema, sujeto, objeto, cosa, evento, etc.-. No obstante, las críticas acaban llegando y llenando alguno de esos espacios debido a la intersección simultánea de notoriedad social del sujeto (por su presencia regular en la prensa rosa y amarilla), la exposición de una menor, de una percepción de riesgo más o menos homogénea, de la exhibición pública innecesaria (de una tradición familiar privada) y de un creciente clima de opinión contra la fiesta de los toros.

Cada día hay más medios profesionales (con la obligación de rellenar espacios cada día) dedicados a convertir en noticia lo que “Internet dice”, “lo que dicen las redes sociales” o como “Twitter se inflama”. Sucede cada semana, algo local en algún lugar de Internet se objetiva en algún medio profesional como polémica, problema o heroicidad lo que tiene el efecto de echar gasolina. Se eleva así a categoría una anécdota y vuelve a acelerar el tema en los medios sociales (especialmente Twitter). Después un creciente número del resto de medios profesionales se hacen eco de la supuesta primicia del primero y comienzan a reproducirlo con lo que incrementan el efecto de reacción en cadena y en red. Más tarde, la lógica consiste en buscar si han opinado, o se les pregunta, a ciertos personajes o perfiles destacados (políticos) y se vuelve a generar un ciclo informativo ya objetivada en noticia que se puede ir alimentando a base de reacciones acumuladas (la respuesta de apoyo de otros toreros) con nuevo ciclo de noticias, prensa internacional, etc. y nuevos ciclos de retroalimentación. Hace tiempo que para que algo se difunda por Internet o por los medios profesionales no se necesita que sea verdad, ni tan siquiera verosímil. En este caso expuesto no se trata de verdad o no, sino de otro tema poco abordado: la transparencia.

En otro post titulado Tecnologías del Yo, cuyo título se refería a M. Foucault aunque en su contenido no tenía ninguna relación con su obra, escribía en este blog que “lo que está en juego, gracias a las “tecnologías del Yo”, es la proyección en bruto -sin otros filtros que los apenas legales- de los deseos, emociones, pasiones y sentimientos reales, falsos o imaginarios a las mayores audiencias posibles” y que comienza a haber evidencias de la emergencia de “un nuevo ser, el narcisista racional, donde su reflejo perfecto cristaliza al capturar la atención superficial, instantánea y nimia de los demás yo-auto-embelesados”. Es así como mejor se comprende el narcisismo racional del sujeto mencionado al hacer transparente (público) lo no necesario, con el argumento de la tradición familiar (privado). No tengo duda de que como padre no cree haber puesto en riesgo a su hija. Ni siquiera es importante o dudoso que la “tradición familiar” sea tal. Lo que sí lo es tan importante como dudoso es que la tradición imponga su difusión masiva. Para el sujeto puede existir un cierto imperativo proveniente de la tradición familiar pero la decisión de transparencia de la exhibición es una personal e intencional. Por tanto, la reacción (pública) no le debería sorprender aunque le asombre la captura del significado realizada, sólo quizás porque fue incapaz de salir de su embelesamiento en la transparencia de su exhibición. Con lo que no contaba el sujeto era con la negatividad de esa transparencia; puesto que donde esperaba un retorno con expectativa de valor (reconocimiento) se recibe un pago negativo (críticas) que por su parte es entendido como intromisión en algo privado que había hecho público. Hasta aquí la paradoja.

Lo más significativo para el análisis estriba en que lo descrito es un simple ejemplo de lo que sucede a diario con publicaciones de textos, imágenes o videos de millones de personas. Un comportamiento que evidencia la exhibición del todo: lo público, lo íntimo, lo privado, lo personal… en los medios sociales como innegable voluntad de exhibición a través de la transparencia. Se trataría de un narcisismo racional, de un yo tan embelesado que no parece ser capaz, como ocurre con el torero, de medir las consecuencias de sus propios actos y decisiones o la diferencia entre lo privado y lo público. El que ha levantado la barrera entre lo intimo y lo exhibido es él, somos todos cada día. La reacción ante el efecto boomerang de la transparencia en los medios sociales parece llevar a muchos individuos a una minoría de edad social online, a hacer sin sentirse responsables de las consecuencias de sus actos. No ser capaces de prever las consecuencias, lo que debería ser un freno para la transparencia, se convierte en una suerte de acelerador de la exhibición. Lo que parece mostrar un serio déficit de racionalidad.

La transparencia no es equivalente a verdad. Y lo que ocurre, como el caso expuesto, es que la transparencia se convierte en una suerte de exceso no demandado. La transparencia muta así en repulsión y más que por el acto en sí por el exceso de transparencia que disuelve la distancia entre lo privado y lo público, entre la intimidad y el consumo. Esa transparencia no esperada, instrumentalizada por los medios, convierten nuestros ojos en ojos sin párpados, en una herramienta que sólo puede mirar, sin descanso, sin opción de elegir, se nos impone la transparencia total del otro. Y lo que debería ser una opción se convierte en algo obligado.

Imaginemos nuestra reacción si al conectar la televisión, a la hora de comer o después de cenar, nos topamos con una película porno. No hay nada más transparente que la pornografía, no hay espacio libre porque todo está ocupado por el exceso. La repulsión nace del exceso de obviedad, de mostrar todo sin límites y por ello la pornografía es una práctica cerrada. Al abrir las puertas a la transparencia, tan completa como voluntaria, no se puede argumentar que es una práctica colectiva, un consumo federado, que nos uniformiza a todos, que todos lo hacemos, que todos estamos atados a una minoría de edad colectiva que justifica la falta de criterio sobre lo que debemos hacer, o no, con la transparencia ni una especie de demora contemplativa que bloquea la previsión de las consecuencias de nuestros actos. Al no decidir, al subordinar la voluntad individual a un supuesto imperativo colectivo a favor de la transparencia entramos en el ámbito de la paradoja, lo imprevisible y lo obsceno… No obstante, sucede.

¿Por qué entonces suceden casos como el expuesto? La aceptabilidad de la exhibición de la transparencia reside en su valor de mercado, todo es producto, que es el motor de fondo que la impulsa por contagio colectivo mientras se niega la evidencia de la exposición como exhibición. Mientras esa exhibición transparente tenga valor de cambio seguirá fluyendo como lógica, aceptable y normal para la mente colectiva. Por tanto, cuando el valor de mercado no aparece en la exhibición de la transparencia como suficiente o justificado o inexistente es cuando es recibida socialmente como desgarro, perplejidad, rotura, conmoción, polémica, obscenidad o pornografía. La transparencia es la nueva tecnología de control del yo.

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