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Posted On Septiembre 2, 2014 By In BLOG, COMUNICACION And 4016 Views

Influencia: ¿Hasta dónde alcanza?Featured

Influencia: ¿Hasta dónde alcanza nuestra influencia?

Todos hemos escuchado en alguna ocasión la referencia a la Metáfora del mundo pequeño o la Regla de los seis grados de separación donde la pregunta final es ¿cómo de cerca estamos de personas o acceso a recursos (como información, trabajo, conocimiento, etc.)? Esta pregunta impone, no obstante, otra previa ¿Cuántos contactos sociales tenemos cada uno de nosotros? La aparente facilidad de establecer el número exacto de nuestros contactos sociales resulta engañosa. En la práctica se ha demostrado que subestimamos el número de contactos que tenemos en nuestra red social. Ni siquiera el intento de definir qué es un contacto social o conocidos o amigos y su correspondiente número es ni tan intuitivo ni una tarea simple una vez meditado el tema unos minutos.

Si cambiamos de espacio y nos movemos a Internet ¿quién puede considerar que sus amigos de Facebook o followers de Twitter o seguidores de Instagram son realmente contactos sociales, amigos, conocidos, etc.? Difícil cuestión puesto que tenemos amigos en Facebook o Twitter que no hemos conocido jamás y que, sin duda, podríamos considerar contactos sociales.

En lo básico, y prescindiendo de la complejidad aportada al mundo por Internet, se trata de la misma pregunta que en 1958 se hicieron dos científicos Sola Pool y Manfred Kochen: ¿Cuál es el número de contactos sociales que una persona tiene? Y años después, en 1967, Stanley Milgram y Jeffrey Travers se hicieron otra pregunta no menos interesante: ¿Cuál es la probabilidad de que dos personas, seleccionadas al azar de entre una amplia población se conozcan una a otra?

Milgram y Travers diseñaron un experimento bastante simple que consintió en enviar 296 cartas postales (196 desde Omaha y Nebraska y 100 desde Boston) a través de 296 personas diferentes que, asu vez, debía enviarla a otra persona que tuviese la posibilidad de conocer a un único destinatario final, un bróker de bolsa en Massachussets. Milgram y Travers querían saber qué recorrido iba a seguir esas cartas y si llegarían o no a su destinatario. Al contrario de lo que se suele creer, de las 296 sólo 64 cadenas consiguieron llegar al bróker, la media de reenvíos (saltos o grados de separación) fue de 5,2 y el 40% de las cadenas sólo necesitaron 3 reenvíos. Otros experimentos posteriores confirmaron los datos de Milgram y Travers. El último experimento fue en 2002 y lo realizó Duncan Watts a escala mundial, en el mismo participaron más de 98.000 personas que enviaron emails a diferentes objetivos finales en cualquier parte del mundo. De nuevo se repitió que la media de saltos fue de seis.

La acumulación de datos empíricos ha ido dando pie a un lugar común: que todas las personas estamos conectados con cualquier otra por un máximo de seis grados de separación. Afirmación que tiene importantes limitaciones: 1) tiende a subestimar la dificultad de crear y mantener las conexiones con otros y 2) tiende a sobrevalorar la facilidad de activar esas conexiones.

Puesto que ya sabemos cuál es la distancia máxima de conexión entre dos personas cualquiera (seis saltos de media) en lo que, en definitiva, sería una red global que nos uniría a todos con todos, la pregunta es ahora ¿cómo de lejos puede afectar nuestro comportamiento a otros? o ¿hasta cuántos saltos de distancia social somos influyentes? A esta pregunta, que no está definitivamente resuelta, Nicholas Christakis y James Fowler han ofrecido una respuesta (bastante criticada pero interesante) conocida como la Regla de los Tres Grados de Influencia. Así, a pesar de que las conexiones se extienden hasta seis grados de separación, la influencia no se extiende tan lejos sino sólo a tres grados de distancia. La imagen para explicar esto es simple: al igual que al lanzar una piedra al agua las ondas se diluyen a alejarse del centro, lo mismo ocurriría con la influencia. Ésta tiende a disminuir al incrementarse la distancia de separación. Por tanto, la influencia y el efecto de contagio de nuestras ideas, opiniones, comportamientos, etc. sólo alcanzaría como máximo a los amigos de los amigos de nuestros amigos.

Con la Metáfora del mundo pequeño entendemos que el azar es menos explicativo que la distancia de acceso a otros si tenemos los contactos adecuados y que, por tanto, a mayor número de contactos mayor facilidad de acceso a quiénes no conocemos y a mayores oportunidades personales y profesionales si sabemos desentrañar el camino (las cadenas de saltos) adecuado. Internet y los medios sociales suponen la posibilidad de acceder con menor coste a mayor número de contactos pero no dejará de ser relevante nunca que esos contactos sean reales, significativos y sea posible activarlos.

Otra cara de la moneda es la Regla de los Tres Grados de Influencia la que nos muestra que las limitaciones de expandir comportamientos, creencias o ideas a nuestros contactos sociales son algo más limitadas en la práctica. Los medios sociales de Internet permiten reducir la distancia entre personas y, por tanto, incrementar el número potencial de individuos que pueden estar dentro de esos tres saltos de influencia, por lo que gestionando y optimizando el número de contactos sociales, no maximizándolo, podemos llegar a incrementar nuestra capacidad real de influir en otros.

Post publicado originalmente en el blog de:

ATC para post VD

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3 Responses

  1. Hola nuevamente, me adhiero a lo de “gestionando y optimizando el número de contactos sociales, no maximizándolo, podemos llegar a incrementar nuestra capacidad real de influir”.
    Le he estado dando vueltas a un par de fenómenos tipo “cadena” de estas semanas en twitter…. #fotocinefila y #fotoseriefila y he pensado que si a los HT de los eventos les aplicamos lo que indicas… es de bastante interés.

  2. Genial X osé Manuel, mantenerme al tanto ;)

  3. Muy bueno tu post, como siempre… De todas formas, a mí lo que cada vez me preocupa más de los «medios sociales de internet» es que su propia esencia y manera de presentar los contenidos, esto es «la tiranía del timeline», hace que esa reducción de distancias de la que hablas sea muy discutible. A la distancia en sí (a esos grados de los que hablas) también hay que unir que persona y mensaje coincidan en el tiempo, algo que siempre han tenido muy claro los publicistas tradicionales (el «prime time» es la mejor muestra de ello). Es curioso que la gente en general, tenga la extraña creencia de que actualizar tu estado en Facebook ya es difundir al mundo (a todo el mundo) ese mensaje (cada vez me encuentro más amigos/as que me dicen el clásico: «¿no te has enterado? pero si lo puse en Facebook».

    Últimamente vengo haciendo experimentos (en mi minúscula y modestísima escala) sobre cómo y a quién llegan los mensajes de promoción de Casa Tía Julia que voy abandonando en las redes («abandonar» me parece un buen término en este caso) y compruebo efectivamente que gente que se pasa el día conectada, cuando les pregunto en persona (por teléfono, con un café…) me comentan que no se han enterado de tal o cual cosa, y de que hubieran asistido a tal o cual evento de haberlo sabido por otros cauces.

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