Posted On mayo 30, 2008 By In ALPINISMO, BLOG And 1357 Views

Lionel Terray o La conquista de lo inútil

Enlazando con la entrada de Louis Lachenal es inevitable encontrarse con Lionel Terray, otro de los grandes alpinistas de este mundo.La primera foto es de Terray bajando del Annapurna, con seguridad, exhaustos tras haberse perdido en la bajada. La segunda foto es en el camino de regreso a Francia, Lachenal perdio todos los dedos de los pies por congelaciones. La fotografía de Terray llevando en brazos a Lachenal la he encontrado hoy en la web, no la conocía.

————

Acaso porque nació y se crió en una gran mansión rodeado de viñas, bosques y un gran parque desde donde veía Grenoble, o quizá porque su familia burguesa disfrutaba desde varias generaciones de una posición económica desahogada, o porque su padre ingeniero químico y médico despreciaba el alpinismo y su madre -conductora de automóviles en 1913, sofisticada amazona en montura de alta escuela y la primera mujer de Francia que se puso pantalones para esquiar- lo consideraba una actividad tan absurda como estúpida -sólo equiparable al motociclismo-, o sólo porque toda su familia esperaba que, coherente con sus antepasados, fuese empresario, médico, magistrado, político, ingeniero o militar como garantía de éxito social y económico, Lionel Terray nunca debería haber sido montañero.

Existen dos tipos de personas en relación con sus contradicciones: quienes las combaten su energía durante toda la vida como algo impropio de uno mismo, y aquellos que aceptándolas como parte de su equipaje identitario se esfuerzan en encontrarles un significado de alcance para su personalidad. Terray vivirá sus contradicciones asumiéndolas con una modesta y consistente ética particular y sin creerse, por ello, acreedor de cielo ni infierno. Desde las líneas iniciales de la primera página de su único libro, Los conquistadores de lo inútil, en un acto de sinceridad cargado más de escepticismo sobre sí mismo que de falsa modestia, Terray escribe: “Soy, si esta palabra tiene algún sentido, un montañero”.

Lionel, nacido el 25 de julio de 1921, se revela pronto como el paradigma del mal estudiante. Su implacable procreador sólo puede explicárselo como una enigmática -e imperdonable- aberración hereditaria. Tras el divorcio de los padres queda bajo la tutela del defraudado padre, que envía al adolescente Terray a un internado tan espartano como absurdo. Donde tras las reiteradas negativas del padre de sacarlo de allí, Terray acaba por idear y ejecutar un escándalo -compra y dispara una pistola- para que le expulsen, lo que logra sin dificultades. Terray es enviado a un nuevo colegio con una pedagogía antagónica al anterior, donde disfruta, se desarrolla como persona, aprende y realiza escaladas sin riesgo durante dos años, al tiempo que lee mucha literatura aunque sólo es capaz de aprobar el francés y el inglés. Para ir a competir en pruebas de esquí Terray se escapa del colegio, y aunque familia y profesores le disculpan en parte ya que gana las pruebas en las que ha participado, tras una segunda escapada de varios días le expulsan. Su padre lo clasifica como caso perdido irreversible. Finaliza así su carrera como estudiante y se consagra a la de esquiador como única manera de afrontar la penuria económica –su madre tampoco puede ayudarle debido a sus desacertadas inversiones-. Terray logra ciertos éxitos pero sin continuidad debido a algún accidente y, sobre todo, al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Una dura, errónea y casi mortal experiencia subiendo el Grépon le hace tomar la decisión de renunciar a escalar grandes cumbres.

El joven Terray, influenciado por las lecturas del religioso romanticismo montañero de Guido Lammer, acaba por volver a sentir el magnetismo de las montañas de su inflamada adolescencia, que le impele a regresar tiempo después al Grépon y hacer su travesía. En el invierno de 1940 regresan los turistas a los Alpes y, con ellos, el dinero gracias a un trabajo como monitor de esquí. Terray es seleccionado como integrante del equipo nacional francés de esquí y se vuelca en la actividad física: esquí, bicicleta, natación, gimnasia, atletismo; al tiempo que lee a Balzac, Proust, Baudelaire o Musset. La nueva situación no evita que siga atormentado por su futuro económico y entienda con radical lirismo su vida como “un largo y delicado equilibrio entre la acción gratuita y la honorable prostitución, que asegura mi pan diario”.

La Francia ocupada, sin ejército propio, del gobierno pronazi del mariscal Pétain, que ha trasladado la capital de París a Vichy, sustituye el servicio militar por uno civil destinado a la formación cívica, moral y física de los jóvenes franceses. Los valores que él asocia a ese servicio y la promesa de una dura vida en la montaña hacen que el novelesco Terray se presente, anticipándose a su reclutamiento forzoso en bastantes meses, como voluntario en Juventud y Montaña, donde conoce a unos de sus grandes amigos, Gaston Rébuffat.

El caos organizativo, la irracionalidad de los mandos, la explotación física, los malos y escasos alimentos, la ruda existencia, el nulo aprendizaje, la decepcionante experiencia humana de aquel grupo y el poco alpinismo realizado -salvo algunas escapadas con Rébuffat- resitúan a Terray en una realidad imprevista. Se siente decepcionado por aquella atmósfera de jungla darwinista donde los valores dominantes no son los que él esperaba de estoica camaradería sino “la intriga y la delación”. Para Terray, esta decepción -entre lo esperado y lo real- en medio de quienes espera compartir un modo de vida austero y recto, va a ser una constante; y, sin duda, hallará siempre hechos para alimentarla.

Cuando termina el servicio civil Terray no duda en volver al civilizadísimo valle de Chamonix donde se casa con una bella institutriz acostumbrada a las comodidades, Marianne Perrollaz, y gracias a un pequeño capital prestado por su madre alquila una granja y compra vacas. Ha decidido no volver a la montaña ni a escalar y dedicar su existencia al “pacífico, duro y noble oficio de campesino”. Su total inexperiencia y el inicial bucólico idealismo chocan contra la realidad pero, con ahogos y sufriendo algunos engaños, acaba convirtiéndose en un desengañado hombre feliz “tan duro y tan astuto como el más rudo de los campesinos”. De las proyecciones de su potente imaginario la montaña ha desaparecido, está decidido a ser un campesino durante el resto de sus años. Sólo hay un inconveniente: su mujer “joven, bonita, muy rubia con los ojos de porcelana” no prevé la misma imagen del mundo para sí misma.

En el otoño de 1944, tras la firme y paciente tenacidad de Marianne, el matrimonio Terray vende la granja. Tras esta decisión se abren de nuevo las sendas de la montaña para Terray, que se reencuentra con Rébuffat. Ambos realizan una escalada tan arriesgada como excepcional: la primera del Col du Caïman por la vertiente noreste. El que vive tiene razón, Terray lee a un Nietzsche que parece inspirar la voluntad de aquellos jóvenes feroces y algo estólidos; esa ascensión es el primer paso de Terray en el gran alpinismo.

El riesgo forma parte del menú alpino y poco después del Col du Caïman está a punto de morir en dos ocasiones, Terray afirma que si supera los primeros cuatro o cinco años de escaladas le será posible “practicar el alpinismo de gran categoría durante veinte o treinta años, y morir de vejez”. Hasta 1945 ninguna ascensión le proporcionará la intensidad experimentada en el Col du Caïman y esa nostalgia es la que le hace repetir, ingenuo y radical, que sólo le resta un sueño que cumplir, compartido con Rébuffat: conquistar el espolón Walker de la cara norte de las Grandes Jorasses.

Desde 1942 la Resistencia francesa está activa en las montañas de los Aples contra los nazis. Terray no colabora de forma activa con ella –aunque facilita información a alguno de sus líderes- ni nada le empuja a irse con los maquis; su mujer, la granja, los intermitentes regresos al alpinismo y cierta calma social parecen haber aislado aquellos valles de la Gran Guerra. Pero un día, ante la inminencia de la Insurrección, Terray prepara el macuto y se une a la Compañía Estépahne, donde hay amigos y muchos alpinistas dirigidos por un racional y carismático líder: el capitán Étienne Poiteau Estépahne. Terray se entrena en las técnicas de guerrillero, vive en constante alerta y movimiento. Como los alemanes de los Alpes no tienen mucho interés en la pelea, el capitán Estépahne les hostiga con golpes de mano para mantener alta la moral de su grupo. Allí Terray pasa en condiciones muy duras los ocho meses “más maravillosos” de su vida envuelto en “aventuras alpinístico-militares”. Aunque haya sido mal estudiante, pronto comprende la ineficacia militar de la guerra en los Alpes mientras le encargan dirigir los aspectos técnicos de las misiones de acoso en los picos.

Tras el desembarco de Normandía y la liberación de Francia la estrategia militar cambia y deben acosar a los alemanes atrapados por el ascenso desde el sur de Italia de los aliados. Terray vive de cerca los combates cuerpo a cuerpo. La patria y sus generales, -que han sido humillados por los nazis con la ocupación de Francia sin obstáculos- en una guerra que ya se sabe cómo va a terminar, exigen e imponen unas carnicerías innecesarias en los Alpes para salvar el honor y mejorar las condiciones a la hora de negociar las fronteras con los derrotados fascistas. Las dudas de Terray, en defensa de altos e inaccesibles ideales a base de dolor y sangre, se coagulan al presenciar el acorralamiento de dos jóvenes, de doce y catorce años, hijos de un camisa nera italiano que huyendo buscan refugio en la SS nazi. Un grupo de hombres enajenados les escupen y apalizan para finalmente, a pesar de los gritos de un irritado y amedrentado Terray, ejecutarlos. Recordando aquella escena años más tarde, Terray, mortificado aún, escribe: “Aquel día comprendí que, a pesar del lujo y las máquinas, el mundo moderno no ha salido aún de la barbarie”.

Terray intenta licenciarse en la primavera de 1945, pero se lo deniegan: la guerra no ha terminado para él. El capitán Estépahne, que, leal y responsable con sus hombres hasta el último momento, intenta protegerles de los peligros de la paz, envía a Terray como instructor militar a la Escuela de Alta Montaña en Chamonix. Allí Terray se amarga viendo cómo él trabaja casi gratis al tiempo que se contrata y paga, para el mismo trabajo, a civiles que han esquivado cautelosos la guerra. La vocación alpinista renace en Terray de nuevo de forma contradictoria, un trabajo obligatorio y una pasión pospuesta. Casualmente conoce, entabla amistad y escala con Jacques Oudot, que será el médico y cirujano de la expedición al Annapurna en 1950. Allí coincidirá con él, con Rébuffat y con el hombre que un día le aborda en una calle de Annency, donde está obligado a esperar el tren, preguntándole si es Lionel Terray. Ese individuo al que Terray, en un primer momento, debido a su pobre indumentaria toma por un parado –en la práctica lo era- es Louis Lachenal. Tras tomar juntos una cerveza, Terray define a Lachenal como irritante, charlatán y antimilitarista (Lachenal había huido a Suiza para evitar el Servicio de Trabajo Obligatorio y había estado prisionero en un campo de trabajo en el cantón suizo de Valois). Terray no imagina que ambos serán la cordada más influyente y revolucionaria de los Alpes en los cinco siguientes años. Aún hace falta que el azar les una, por enfermedad de cada uno de sus compañeros, escalando la cima del Moine -su primera ascensión conjunta- donde descubren el sueño que les une por encima de sus desconcertantes incompatibilidades: escalar el espolón Walker de las Grandes Jorasses.

Terray consigue la licencia del ejército en otoño de 1946 al tiempo que la Escuela de Alta Montaña le ofrece trabajo de monitor civil. La necesidad de independencia es mayor que la de seguridad y sorprende a todos al rechazar ese trabajo. Terray, no obstante, está en una situación económica que le obliga a viajar en bicicleta o subir y bajar en marcha de los trenes para no pagar el billete; al matrimonio apenas les resta dinero de la venta de las vacas de su antigua granja. Gracias a un favor excepcional, Terray consigue ser admitido en la aristocrática y localista Compañía de Guías de Chamonix. Él y Rébuffat, a pesar de no haber nacido en el valle, son en 1946 dos excepciones a la norma de ingreso chamoniense, que se hereda de padres a hijos; y ambos apadrinarán en 1948 a Lachenal –que ha soñado con ello toda su vida- como nueva excepción de la totémica regla.

Lachenal impaciente, poco perseverante y algo irreflexivo –cuya osadía y agilidad escalando roza la perfección y la inconsciencia- da muestras, según Terray, de inestabilidad emocional pasando de la euforia a la decepción absoluta. Ambos no tienen mucho en común -Terray es menos impulsivo, más resistente, tenaz y reflexivo y de mayor estabilidad emocional- pero son una cordada magistral al complementarse y tener visiones comunes. Tras una cuidada planificación de materiales (Lachenal incluso fabrica las nuevas botas que van a usar) y buscando llevar el mínimo peso en las mochilas consiguen escalar el espolón Walker. Este ascenso solidifica su amistad y les marca como alpinistas; ambos son, en palabras de Terray: “una especie de animales salvajes de los Alpes, entre la cabra y el mono”. Cuando regresan a Chamonix, tienen una misma certidumbre sobre las escaladas realizadas esa temporada: “no nos habían proporcionado todo el placer que esperábamos… habíamos hecho gran turismo y un bonito deporte, pero no gran alpinismo”. No hablan de nuevas escaladas en semanas, pero saben que tras la Walker les falta algo: la pared más grandiosa de los Alpes, la cara Norte del Eiger.

Terray se da por satisfecho con el espolón Walker e inicia la construcción, tras reconciliarse en parte con su padre, que le ofrece un préstamo, de una casa de madera que ha comprado, desmontado y que, tras volver a montar pieza a pieza, será el hogar Terray. Se vuelca en en su trabajo de guía y en la casa con tanto entusiasmo que de nuevo se plantea “renunciar al gran alpinismo”; en parte, por la cálida llamada a la quietud del valle, y porque cree deslizarse peligrosamente en los límites de lo posible en las escaladas con Lachenal. Terray, con veinticinco años, habría sido un excelente guía para sus clientes durante décadas si no llega a ser por Lachenal, siempre acosándole e incitándole, y por su mujer, Marianne, que no quiere que deje de explorar la vertiente más osada de su carácter.

Para el ascenso de la Eigerwand, Lachenal no ha dejado de provocarle y llega a fijar una fotografía delante de la casa de Terray. También necesitan mejores materiales, para ello, Terray lo cuenta con gran sentido del humor, se hacen contrabandistas y organizan una reunión, para la que tienen que ascender el espolón norte de l´Aguille du Midi, con un amigo italiano que les vende unas suelas de caucho moldeado imposibles de encontrar en Francia, las Vibram (creadas en 1935 por Vitale Bramani tras una tragedia donde murieron seis compañeros suyos de escalada por falta de calzado adecuado).

Terray que ha vuelto a dar oídos a la llamada de lo inútil, siente numerosas dudas sobre su capacidad y, sobre todo, la decisión de ir al Eiger se retrasa a causa de una lesión mal curada en la mano derecha que casi le cuesta su movilidad. Lachenal, en plena forma, le apremia por su natural impaciencia y porque otros escaladores tienen como objetivo el mismo ascenso. La Eigerwand espera el segundo ascenso absoluto. Aprovechando una tregua de buen tiempo, inician el ascenso. En uno de los vivac Terray se siente abrumado por “la inmensa soledad” y comprende “con una claridad espantosa la hostilidad de este mundo y la locura de esta aventura”. Al día siguiente Terray, estremecido siente cómo el vacío le aferra de los pies y tira de él hacia el abismo, lo que le impresiona “hasta las náuseas”. La parte épica llegará después, pero en aquella pared siente en repetidas ocasiones la inminencia del desastre. Si no huye de la pared es porque Lachenal se lo impide en varias ocasiones, lo que para Terray evidencia la falta de valentía a saber renunciar de Lachenal. El ascenso es dramático, interminable y por momentos suicida; sufren caídas, cansancio, impaciencia, obstáculos insalvables, retrocesos, frío, granizo. Cuando llegan a la cumbre Terray no siente “ninguna emoción violenta: ni el orgullo de haber realizado una hazaña deseada”. En aquella arista, en mitad de la niebla y solo, se siente como un “animal atenazado por el hambre”. Lachenal, por su parte, muy nervioso, quiere regresar cuanto antes al valle. En la cima de su obsesión por ascender han previsto el descenso estudiando una postal; sólo la mano invisible de la fortuna evita que, indefensos y desorientados, se despeñen en la bajada.

La segunda ascensión absoluta de la Eigerwand les proporciona la atención de una prensa necesitada de noticias y héroes. Lachenal pronuncia una frase que anticipará hechos de su vida de forma que no puede imaginar: “La gloria es un asunto privado”. Para Terray la gloria, a partir de esa experiencia, “sólo consiste en titulares en los periódicos, copas en el aire y la alegría de algunos auténticos amigos”. Es tan extrema la experiencia soportada en aquella pared que Terray decide centrarse sólo en el oficio de guía, al tiempo que se promete no volver a la Eigerwand jamás; regresará en 1957 contra su voluntad.

Los siguientes años son de calma para Terray, dedicado a su trabajo como guía de pequeñas y medias ascensiones. El teatro de los Alpes, lo saben tanto Terray como Lachenal, se les ha quedado pequeño y las montañas de Europa sólo les ofrecen “una forma deportiva de turismo”. Al menos es lo que afirma Terray al aceptar un trabajo fuera de Francia. Al poco tiempo sus habituales e inmoderadas expectativas son contrapesadas por la implacable realidad. Es el encargado de supervisar a los profesores de una escuela de esquí en un lujoso hotel de Québec -ni le apasiona ni encuentra a quien merezca la pena enseñar entre monitores o la rica clientela- y desempeña el trabajo adicional de entrenador de la selección de esquí canadiense, donde al menos instruye a un destacado discípulo. Para Terray, aquellas montañas ni merece la pena subirlas ni las pistas de esquí apenas tienen desniveles para esquiar de verdad. La falta de motivación, añadida al choque cultural, hace que Terray se sienta bastante perdido en un país del que le sorprende cómo profesa el mismo fervor por el materialismo y por la religiosidad. Al invierno siguiente vuelve, pero acompañado de su mujer y otro monitor, su amigo Francis Aubert. Todos los males de la temporada anterior son compensados por unos ingresos que doblan los mejores que podía recibir en Chamonix. Terray medita durante un tiempo la idea de quedarse a vivir en Canadá y abandonar, esta vez sí y de forma definitiva, el alpinismo. Al final, esa decisión vital de tanta trascendencia la toman las penosas sensaciones de los seis meses de duro invierno canadiense, insoportables para su manera de entender la vida. También existe una incomodidad más profunda, existencial: Terray se siente extrañado en una sociedad donde el capitalismo -en la adolescencia del actual- se muestra ya sumamente implacable con los seres humanos. En Canadá vuelve a percibir la perturbadora distancia entre el deber ser y lo que los hombres hacen; ese desasosiego irá minando con el tiempo su fe en el ser humano, que siempre parece abocado a múltiples formas de barbarie.

Al verano siguiente, ya en Francia, el dinero ahorrado le permite a Terray trabajar como guía privado y, gracias al buen tiempo y a su reputación es el guía que más ingresos obtiene en el valle. En la primavera de 1950 es reclamado para formar parte de la expedición francesa a la conquista de un ochomil, que se organiza en dos meses. No sabrán hasta estar en el Himalaya si será el Dhaulagiri o el Annapurna. Terray se reencuentra con Lachenal, Rébuffat, Oudot y otros conocidos como Marcel Schatz, Jean Couzy y un alpinista de menor categoría que ha sido nombrado jefe de la expedición, Maurice Herzog. Como ante cualquier nuevo proyecto, a Terray le desborda la emotividad: “El Himalaya me parecía más inaccesible que una princesa oriental… era la aventura total”. Ninguno podía imaginar, ni en sueños o pesadillas, hasta qué extremo el Himalaya iba a cambiar sus vidas.

La historia del primer ochomil conquistado por los hombres pertenece sobre todo a Herzog y Lachenal; y ambos tienen que agradecer a Terray y Rébuffat que regresaran vivos, aunque mutilados por las congelaciones, del Annapurna. Salvarles la vida impidió a Terray intentar el asalto a la cumbre. Todos vivieron un caótico descenso, en el que estuvieron a punto de morir en varias ocasiones. El Himalaya, como ninguna otra parte del mundo, hace sentirse a Terray “reducido a la total impotencia”. Hay una pregunta que la experiencia vivida en el Annapurna le hace repetirse una y otra vez: ¿valía la pena pagar un precio tan alto? Cree no tener una respuesta definitiva, pero su instinto, viendo a su amigo Lachenal, la vislumbra con claridad.

El Annapurna también es el detonante de un nacionalismo chauvinista posbélico que provoca que las naciones se lancen a una primera Guerra Fría, mucho antes que la carrera armamentística o la espacial, por la conquista de los ochomiles. En los siguientes diez años once de las cimas de esas catorce montañas acabarán siendo pisadas, bien por aliados -británicos, franceses y americanos- o vencidos -italianos, austriacos, alemanes y japoneses- (el Lothse y el Dhaulagiri fueron alcanzadas por los neutrales suizos en 1956 y 1960; y el Shisha Pangma permaneció cerrado hasta que los chinos lo ascendieron en 1964).

La nación francesa, que había sido invadida y ocupada, necesita reivindicarse ante el mundo; y tiene su oportunidad en el Annapurna, tras los sucesivos fracasos británicos en el Everest. Años más tarde, Terray, desdeñoso y decepcionado, calificará a Edmund Hillary y a Tenzing Norgay como alpinistas menores, “una cordada de dos mediocres roqueros” con nula capacidad para la escalada virtuosa, que habían logrado subir al Everest sólo “gracias a las gigantescas proporciones del sistema piramidal [británico] que debía llevar dos hombres hasta la cumbre”. El Himalaya nunca estará a la altura de las expectativas de Terray, ni tan siquiera le proporcionará emociones semejantes a las vividas en los Alpes o en El Chaltén, lo que le supondrá una importante decepción. Como en la Eigerwand, Terray se jura no volver al Annapurna.

Unas semanas después del regreso de los héroes del Annapurna – para la prensa todos los miembros de la expedición gravitan como pequeños satélites, incluso Lachenal, alrededor de Herzog como astro central-, Terray, apóstata de la gloria y displicente con la prensa, regresa a la montaña. A mediados de septiembre vive una de las experiencias más penosas de su vida al despeñarse en el collado de la Innominata Francis Aubert, el amigo que había llevado con él a Canadá. Terray “loco de tristeza”, queda paralizado de horror y miedo, grita durante mucho tiempo hacia el abismo el nombre de su amigo. Sufre otra profunda crisis de identidad que le hace repetirse la pregunta por el desvarío -y por cuál es el valor- de lo que hace. Se jura a sí mismo que no volverá a salirse de los caminos habituales de los guías, renuncia al alpinismo y se vuelca en el esquí.

Al año siguiente, 1951, las glaciales decisiones del otoño se han derretido en la primavera y Terray –en una huida hacia delante a causa de los espectros del reciente pasado- se une a una expedición al Fitz Roy o El Chaltén en Argentina (su nombre más popular se debe a Robert Fitz Roy, capitán del navío Beagle en el que Charles Darwin navegó por los mares del Sur). El nuevo proyecto dispara la imaginación de Terray, ya que está convencido de que se trata del “tipo ideal de cumbre que ni los Alpes ni el Himalaya pueden ofrecer”. Recibida la expedición por el general dictador Juan Domingo Perón, todo son facilidades gubernamentales hasta llegar a la Patagonia. Allí, en mitad de la más absoluta nada, frente a frente con el Fitz Roy y el Cerro Torre, todo está en su contra: les es imposible encontrar un solo porteador, se enfrentan a un frío extremo, al continuo mal tiempo, al agotamiento, los grandes vendavales, la nieve hasta la cintura… Sólo gracias a una breve tregua de la montaña, entre dos tormentas, en una escalada “compleja, arriesgada y agotadora” junto con Guido Magnone –que, como Lachenal antes y Couzy años después, logra que Terray se sobreponga a la intención de abandono-, hacen cima. El descenso es una persistente deserción de la muerte y hasta alcanzar las cuerdas fijas tienen que hacer dieciocho rápeles. Terray reconoce que es la conquista en la que más cerca ha estado de “los límites de [mis] fuerzas y valor”. Los alpinistas franceses son agasajados, en distintas ciudades argentinas, con más de veinte banquetes como celebración del primer ascenso al Fitz Roy. En 1985 el gobierno argentino mandará fundar (Ley 1.171 del 12 de octubre) al pie del Fitz Roy y el Cerro Torre la aldea más joven de toda Argentina: El Chaltén, para que no haya dudas sobre la soberanía de ese área en litigio con Chile. La calle principal tiene el nombre de Lionel Terray; por su parte Grenoble, donde había nacido, en la calle Nicolas Chorier a la altura del número 33 bis se puede encontrar el Parking Terray.

Tras el Fitz Roy, cuando no imagina que el Himalaya le espere de nuevo, Terray sube el Aconcagua (6.962 metros) y viaja a Perú con dos clientes holandeses para ascender el Nevado Huantsan (6.395 metros) en los Andes tropicales, donde la tragedia les ronda de cerca. Problemas de rigidez y dolores de espalda durante los dos años siguientes le hacen ralentizar y casi abandonar las escaladas. Cuando se recupera, le ofrecen formar parte de una expedición de reconocimiento al Makalu en 1954. Durante ese viaje realiza junto con Jean Couzy un ascenso no planificado al Chomo Lönzo (7.796 metros) –desde donde identifican la vertiente norte como la futura vía de ascensión al Makalu-. Couzy, que había estado en la expedición del Annapurna, muy tapado por el resto a causa de su juventud, demuestra ser para Terray, como al año siguiente cuando regresan al Makalu, “el elemento más dinámico y eficaz de la expedición”. Un sincero y honrado Terray reconoce que, ascendiendo el Chomo Lönzo con vientos de más de ciento cincuenta kilómetros por hora que les tiraban al suelo como briznas de hierba, “lejos de desear esa conquista, no pensaba más que en poder huir de aquel mundo inhumano” y sólo Couzy, al paralizar la voluntad de Terray, pudo forzarle a continuar.

Cuando en 1955 llegan al campamento base del Makalu, una soberbia pirámide de 8.490 metros y quinto ochomil en altura, ya han sido conquistadas las cimas del Annapurna, Everest, Nanga Parbat, Cho Oyu y K2. La precipitada y deficiente organización de la expedición de 1950 al Annapurna –aunque se haya pretendido vender como la primera gran expedición ligera- es con seguridad la razón de que la conquista del Makalu se convierta en un perfecto ejercicio de planificación y ejecución dirigido por Jean Franco.

El Makalu es un ochomil sin leyenda negra y es muy poco probable que llegue a tenerla y acaso por eso sea una cumbre menos mítica en el imaginario ochomilista del alpinismo. Quizá por lo vivido como una patética y dolorosa experiencia en el Annapurna, o por la excelente planificación y los recursos utilizados sin restricciones hasta en el ultimo campo de altura –donde incluso durmieron con oxígeno- antes de hacer cima, o porque el tiempo es excepcionalmente bueno y facilita la cumbre de él y Couzy, pero también del resto de los miembros de la expedición (Franco, Magnone y Gyalzen a la mañana siguiente; y Bouvier, Leroux, Báilate y Coupé el día después), por todo ello o por la insaciable insatisfacción tras cada objetivo alcanzado, Terray escribe: “La desconcertante facilidad con la que habíamos logrado vencer ese gigante al que había consagrado todo un año de mi vida fue una decepción”. Y añade con paradójica perversión: “La victoria debe pagarse con esfuerzos y sufrimientos”. Aparece en Terray, de nuevo, ese irreconciliable antagonismo entre expectativas y realidad: “¿Es por pura estupidez que me siento decepcionado?… Yo había soñado esta victoria de una forma muy diferente… Para mí, en esta victoria hay algo decepcionante”. En el momento en que Jean Couzy alcanza la cumbre del Makalu pocos metros por delante de él, el 15 de mayo de 1955, le hace una espectacular fotografía en el vértice de las aristas del final de la montaña: Terray no duda que está fotografiando a un genuino conquistador de lo inútil.

Lachenal, acosado por la fatalidad que no ha dejado de hostigarle desde la cumbre del Annapurna, muere en noviembre de 1955 al caer en una grieta mientras esquiaba en el Valle Blanche. Las aspiraciones emocionales de Terray exceden su capacidad para comprenderlas y, persiguiéndose o huyendo de sí mismo, vuelve a los Andes en 1956 nostálgico de sus propias emociones –reales o imaginarias-, para conquistar el Nevado Chacraraju (6.110 metros) en una escalada “más allá de las posibilidades humanas”. La vida sólo es posible comprenderla desde las incoherencias y las contradicciones que se han de soportar; y en el verano de 1956 Terray se reconcilia consigo mismo y el resto del mundo en el Chacraraju, cuando vuelve a “vivir ese ambiente de total fraternidad” del que nunca ha podido disfrutar “en expediciones más ambiciosas, en las que algunos, impulsados por un secreto deseo de ser elegidos para la victoria, adoptan un comportamiento demasiado individualista”. Terray está pensando de nuevo en el Annapurna.

Tras esa conquista, que les exige once días para los últimos ochocientos metros de muro, y debido a que tiene tiempo, enlaza la ascensión al Taulliraju (5.830), que resulta “penosa y quizá más laboriosa incluso que la del Chacraraju”. La racionalidad cartesiana que sirvió como palanca emancipatoria del ser humano frente a la naturaleza no es suficiente para Terray y su necesidad de sentir y comprender, por lo que se queda sólo durante dos meses en Perú viviendo como un “simple mestizo” por la pura pasión de sentir la vida con “toda su violencia o toda su poesía”. Terray, no sólo ha alcanzado sus límites como alpinista, también parece enfrentarse a las fronteras de las percepciones, por lo que cada vez se le hace más difícil darse por satisfecho consigo y con el mundo que le rodea. A la vuelta a Francia escribe: “Las paredes glaciales de los Alpes siempre me han dado la sensación de no ser más que simples pendientes de entrenamiento”.

En 1959 Terray vuelve a enrolarse en una expedición de reconocimiento del monte Jannu o Khumbhakarna (7.710 metros), una torre de granito con dos pisos de paredes verticales vírgenes que es parte representativa de la última frontera de la dificultad alpinística. Aunque fracasan, Terray no se siente decepcionado, ya que viven una “lucha grandiosa” que deja pequeñas todas las dificultades de los Andes y las escaladas del Himalaya, “ante todo como un juego”. En 1962, con cuarenta y un años, regresa al Jannu, ahora como director de la expedición vence a la montaña por primera vez desde el inicio del tiempo.

En el apogeo de su carrera, con cuarenta y cuatro años, Terray sabe que las montañas le han cambiado y adivina como los Alpes se convertirán para él en no muchos años “en picos mucho más terribles” que lo que habían sido en su juventud. Terray ha escapado indemne de las llamadas de la nada – la guerra, las caídas, las tormentas, los vendavales, los aludes, el vacío, incluso se ha desenterrado de debajo de muchos metros de nieve excavando durante cinco horas con su cuchillo; el hombre que ha sobrevivido y vencido a los Alpes, al Himalaya y a los Andes es ya capaz de verse envejeciendo cerca de las montañas. Es entonces, al poco de entrever su futuro de esa forma bucólica, con las últimas líneas de su libro, es cuando realizando una escalada sencilla, el 16 de septiembre de 1965 en el Gerbier (2.109 metros), la montaña le abre cuatrocientos metros de vacío hacia la conquista más inevitable de toda existencia.

Reinhold Messner, un casi incomprensible superviviente de las montañas, escribe que no hay ningún sustituto posible para el alpinismo; y, desde luego, Terray -el hombre que nunca debería haber sido alpinista y que en muchas ocasiones decidió dejar la montaña para dedicarse a ser campesino, militar, guía o monitor de esquí- no lo encontró. Cada vez que Terray intentó abandonar el alpinismo se vio frente a frente con la nada; su nostalgia no era la de logros sino de una forma de ser y sentir en un mundo cada vez más extraño. Terray sabía que no se puede luchar contra la montaña, que hay que respetar los latidos de su ritmo, adaptarse a ella y saber asimilar el poder y la fuerza que despliega. El nombre de Lionel Terray como el de Louis Lachenal, Herman Buhl y otros (aún vivos) merece estar en las primeras del santoral politeísta de esa extraña religión sin doctrina, alimentada por perseguidores de lo imposible y profetas de lo inútil, que es el alpinismo.

creative_commons

2 Responses

  1. Acabo de releer "los conquistadores de lo inútil" y he dado con tu página. Increíble ¿dónde te documentaste? y muy bien escrito además. Lo más completo que se puede encontrar sobre L. Terray en español.

    Saludos.

  2. Muy buenas ! me gustó mucho tu artículo. ¿sabrías o sabría alguien donde encontrar toda esta filmografía de la que se habla en el libro? Con especial interés en "les Étoiles de Midi"
    Gracias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Loading Google+ Comments ...
Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers: