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Posted On Mayo 27, 2008 By In ALPINISMO, BLOG And 2154 Views

Louis Lachenal, el Annapurna y la escalada inmaterial

Hace un tiempo me interesé y leí y rebusqué todo lo que encontré sobre Louis Lachenal, uno de los grandes escaladores del siglo XX. Las veces que he ido a Chamonix voy al cementerio a visitar su tumba y la de su mujer Adele, la de Terray y la de Whymper… Lachenal fue el conquistador del primer ochomil y en su infinita humildad no le importó nunca demasiado ya que “sólo fue un asunto de cordada”: el Annapurna. Recupero la entrada de este blog sobre Lachenal.

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Desde el origen del tiempo hasta el 3 de junio de 1950 ninguna de las cumbres de los catorce ochomiles del planeta ha sido pisada jamás por un ser humano. Dos alpinistas van a lograrlo en aquellas horas. Son dos hombres muy distintos. Uno de ellos demuestra escaso interés en ser reconocido como héroe con esa peligrosa gesta, y su compañero de cordada, por el contrario, encuentra el sentido de la vida estando decidido a morir en la montaña con tal de alcanzar la cima. El primero es Louis Lachenal; el segundo Maurice Herzog, y la montaña, el Annapurna.

A falta de unas horas de ascensión Lachenal es consciente del peligro innegable de sufrir congelaciones y pregunta a Herzog qué hará si él toma el camino de descenso. En momentos así la Historia se presenta ante bifurcaciones clave: tras la alternativa elegida nada volverá a ser igual porque se cruza un instante en el que ya no es posible dar el paso atrás. Herzog, que ha perdido el sentido de la realidad, a causa de los efectos de la altitud y de las drogas que han tomado, asciende con una idea fija en la mente: vencer al Annapurna. Y le contesta: “Proseguiré solo”.

Según la física cuántica, con cada elección que tomamos abrimos en paralelo un nuevo futuro en una nueva dimensión y, así, cada uno de nosotros va multiplicándose en insólitas vidas simultáneas de las que no tenemos conciencia. También existe, por tanto, una dimensión con un pasado y sus consecuentes presente y futuro donde Lachenal hizo esa pregunta y Herzog descendió con él. En esa dimensión el Annapurna no es el primer ochomil conquistado; Herzog no vendió aquella ascensión como una cuestión patriótica y Lachenal, perteneciente a la Escuela de Guías de Chamonix, no escribió nunca que, solidario y honesto con Herzog, sólo continuó porque se trataba de un “affaire de cordée”; Lachenal tampoco fotografió en la cumbre a un Herzog alucinado y eufórico con el piolet boca abajo, la banderita francesa y los brazos en alto; Herzog no hizo una fotografía desenfocada a Lachenal inservible para la reproducción en prensa y cines que le dio toda la gloria popular en los medios sólo a él; ambos no perdieron dedos de pies o manos por las congelaciones durante un descenso caótico junto a Terray y Rébuffat, ni cayeron en grietas, ni les sepultaron aludes, ni sufrieron oftalmia de las nieves; aquella expedición no huyó por las montañas del Himalaya en pleno monzón durante un calamitoso mes con Lachenal y Herzog inválidos y atiborrados de morfina para soportar los dolores de las congelaciones y amputaciones sobre la marcha; Herzog no fue nunca ministro de Juventud y Deportes de Francia, ni diputado, ni alcalde de Chamonix, ni miembro del COI; ni tampoco Lachenal murió esquiando al caer en una grieta en el Valle Blanche, un camino que había recorrido en centenares de ocasiones, porque no necesitó recuperarse de dieciséis intervenciones quirúrgicas en los pies durante cinco años.

Hasta ese preciso instante del 3 de junio en que Lachenal decide que se trata de un asunto de cordada y no abandona a una inevitable muerte a Herzog en las laderas del Annapurna, han tenido que encadenarse millones de sucesos previos en la vida de Lachenal para llevarle hasta allí.

La infancia y juventud de Lachenal, nacido en Annency el 17 de julio de 1921, están marcadas por el desorden, la desatención de sus padres, absorbidos por el negocio familiar, y la efervescencia de su carácter. El torrente de energía que desborda el joven Lachenal no encuentra más que diques: es expulsado de la escuela, idea estrategias para colarse trepando a los cines, desaparece en las calles durante todo el día, desespera a sus padres o se afana en fabricar una barca sin planos con el dinero ganado trabajando a destajo como monaguillo. En cada proyecto que emprende inyecta un empeño casi irracional hasta conseguir su objetivo. A los catorce años los padres toman la decisión de enviar al indomable Louis a un campamento de scouts; esa decisión cambiará la vida del joven Biscante, como le apodan allí y para siempre, al apoderarse de su voluntad un nuevo objetivo: escalar todas las rocas en las cercanías de Annency. Tiene catorce años, es rápido, ágil, audaz, elástico y necesita el riesgo. Lachenal sueña con hacer la primera escalada en hielo, subir la pared del Grépon y bautizarse como alpinista.

Hace años que ha conocido a una chica de familia burguesa y puritana, la inteligente e infatigable Adèle Riviere; y con idéntica determinación ha decidido que será su mujer. El padre de Adèle, ingeniero en Annency, descubre las intenciones del joven conquistador y exige genuinas garantías para su hija. Lachenal no las tiene, ni las tendrá en mucho tiempo, pero miente afirmando que será veterinario aunque jamás hace nada por intentar serlo. Adèle acaba interna en la escuela y con la prohibición de encontrarse ambos fuera de la casa paterna. La vida se acelera para la pareja: en poco tiempo Lachenal asciende el Grépon, aprueban los exámenes de Bachillerato, muere el padre de Adèle y la madre les prohíbe todo contacto: su hija no se casará con el hijo del tendero. La euforia de la escalada se hiela, Lachenal deprimido se encuentra sin proyecto personal ni profesional, ya que por desinterés suyo y desidia de su padre no es admitido en el instituto para continuar los estudios. Los sueños no se cumplen -es el paso traumático de joven a adulto- y durante meses vive ofuscado y desorientado.

Lachenal es un joven alto, fibroso, de rostro con marcados rasgos, nariz recta y crecientes entradas; su carácter va de cresta en valle, es cáustico, mordaz, impaciente, febril, pendenciero, excesivo en los juicios, depresivo, vulnerable y ansioso. Dos únicas ideas dominan su voluntad y aportan sentido a la inercia con la que se deja vivir: Adèle y la conquista de nuevas montañas. Una vez tomada una determinación, patrón que repetirá a lo largo de toda su vida, se vuelca en ella de forma titánica, honesta, inmoderada y audaz.

En 1941, cuando los nazis han alcanzado el cénit de sus éxitos con el desembarco en Creta y Hitler puede dar la orden a su plan, deseado y postergado, de invadir Rusia, los jóvenes franceses son enviados por el régimen colaboracionista de Vichy a campamentos juveniles paramilitares. Tras remover todos los contactos posibles, Lachenal consigue que le destinen al agrupamiento Jeunesse et Montagne en los Alpes, donde pronto obtiene un diploma militar de monitor de esquí. Insatisfecho, al año siguiente realiza un curso de jefe de cordada donde es el número uno de la promoción. Lo primero que hace es llamar a un amigo para que informe a Adéle. En la calle, tras las felicitaciones, le presentan a un reconocido alpinista del momento: Lionel Terray. Y poco tiempo después conoce de manera casual en una estación de ferrocarril a un amigo de éste, Gastón Rébuffat. El azar ha hecho la triangulación perfecta. Ellos, junto a Marcel Schatz, Jean Couzy (dos sextos gradistas alpinos) y Maurice Herzog formaran al cabo de ocho años las cordadas del Annapurna.

Preocupado por el reconocimiento civil de sus títulos militares, bulle en su mente la idea de ingresar en la aristocrática Escuela de Guías de Chamonix, pero él es un extranjero; Lachenal se mortifica, le corroe ese clasismo que le recuerda a la marginación pudiente de la familia de Adéle, quien firme en su determinación de casarse con él le reclama a Annency para que hable con su madre. Frente a una suegra reticente y resignada se habla de nuevo de dinero. Meses después acaba la movilización militar y Lachenal, nostálgico sale de Jeunesse et Montagne. El mismo día de su despedida le contratan de monitor de esquí en Contamines y una semana después de recibir su primer sueldo se casa con Adéle. Tiene esposa, profesión y veintiún años. El sueño se nubla pronto, a los pocos meses recibe la llamada para un eufemístico Servicio de Trabajo Obligatorio, que en realidad es una deportación para trabajos forzosos en Alemania. Lachenal y Adéle intentan huir a Suiza pero son detenidos, recluidos y, gracias a los contactos de la familia del padre de Adéle y muchas gestiones, liberados. Por fin, pueden instalarse en Lausana en la gran mansión Riviere.

Con demasiado tiempo libre Lachenal encuentra en el dibujo -al que se dedica con ímpetu- de los retratos de los grandes guías de la mitología alpina una forma de calcinar sus siempre excedentes energías. Aquellos que ven sus dibujos le reconocen un gran talento, pero cuando puede escapa a la montaña a recuperar las sensaciones de la nieve y la roca. A principios de 1944 nace su primer hijo, Jean-Claude, pero pronto ni el papel de padre, ni el dibujo, ni las comodidades pueden compensar su ociosa inquietud. A causa de su fatuo orgullo y para no permanecer bajo la protección de la familia de Adéle, Lachenal se ofrece como voluntario a las autoridades locales, lo que le cuesta acabar recluido en un campo de trabajo en el cantón de Valais durante la primavera de 1944. Francia es liberada en verano tras el desembarco de Normandía pero él, tras las alambradas, no sale libre hasta noviembre.

En 1945 el matrimonio regresa a Annency y a las penurias. Lachenal se sumerge de nuevo en la soledad taciturna. La difícil situación económica -no hay trabajo porque no hay turismo tras la Guerra-, las pequeñas habitaciones donde se ven obligados a vivir y los escasos alimentos les acosan. La suerte, en la que tanto confía Lachenal, hace que consiga un trabajo de monitor de esquí tras encontrarse por suerte con un antiguo compañero de Jeunesse et Montagne. Es el tiempo de sus primeras escaladas notables. Terray y Rébuffat son la cordada del momento e instructores en la Escuela Militar de Alta Montaña. Un nuevo encuentro casual con Terray hace que comiencen a escalar juntos. Ambos son audaces, ágiles, seguros y sobre todo rápidos, se ganan la fama de cordada acrobática. La potencia y agilidad de Lachenal descubre a Terray que se trata de un portento de la escalada. Son veloces porque es su manera de escalar, no porque quieran batir un récord; sólo los pulverizan. La ascensión de la pared Norte de las Jorasses les consagra.

Las dificultades económicas no se superan y obligan a los Lachenal a vivir en pequeñas e incómodas habitaciones y a frecuentes cambios de residencia. La familia vuelve a crecer y el hijo pequeño cae por dos veces enfermo de neumonía. Adèle, que nunca ha lamentado haber dejado atrás las comodidades burguesas, se desespera. Lachenal toma la decisión de construir una casa. Va a dedicar todo su tiempo libre de monitor de esquí a pensar y trabajar en su casa. Adéle le agradece el gesto pero sabe que no es posible. Lachenal ahorra y compra materiales con mucha antelación, acumula varias toneladas de cemento conseguido a buen precio durante dos años. Seguro de sí sostiene que no necesita plano alguno; y todo el mundo da por seguro que la casa se derrumbará. Cada etapa de construcción exige nuevos conocimientos, con la intensidad y determinación que aplica a todo lo que se propone Lachenal pregunta y aprende a ser albañil, carpintero, pintor, fontanero, electricista. Tampoco abandona la montaña, en su mente tiene un nuevo objetivo: la Norte del Eiger, la pared más grandiosa, que asciende con Terray en invierno sin renunciar a su estilo, lo que les acaba costando que les acusen de alpinistas de cronómetro. La segunda ascensión invernal absoluta de la Eigerwand les proporciona la atención inesperada de una prensa necesitada de héroes; pero para Lachenal “la gloria es un asunto privado” y no pierde el contacto con la realidad. Aún no puede ni sospechar cómo esa idea va a marcar su vida.

Lachenal comienza a labrarse, no de forma inmerecida, la reputación de neurótico. Escala, por las aristas del riesgo y la muerte, gritando, maldiciendo, insultando a la montaña. En palabras de Terray Lachenal asciende “en trance, como un demonio, como un poseído”. Ambos se convierten en la cordada más influyente de los Alpes sin hacer una sola primera ascensión. Lachenal remata la temporada rizando la dificultad, la considerada como la ascensión imposible en hielo, la cara Norte del Triolet, con André Contamine al que, como hace cada vez que se fija un nuevo objetivo y necesita un compañero de cordada, hostiga, intimida, grita, ruega, encandila, amenaza o seduce hasta convencerle.

En 1948 Lachenal está en estado de gracia: Terray y Rébuffat, otros dos extranjeros en Chamonix, le apadrinan en el ingreso en la Compañía de Guías de Chamonix. Otro sueño imposible se acaba de materializar. Lachenal es el profeta de la velocidad, bate todos los horarios por el ansia de ir rápido, sin más. Sostiene que la rapidez reduce los riesgos y el peligro se evita no perdiendo tiempo. Se aplica, arrebatado, en ir pulverizando un itinerario tras otro y contiene su impaciencia, a duras penas, cuando Terray necesita detenerse a comer. Su hijo mayor parece haber heredado toda la impetuosidad de su padre hasta el punto de que acaban paseando con él atado a una cuerda.

Los peores augurios no se cumplen y de la casa ya se ven los muros. Lachenal construye casi siempre en solitario y cada vez que necesita saber algo observa con atención a cada artesano. La velocidad no disminuye el orden o la meticulosidad en el horario Lachenal. Casi nadie da crédito a la nueva hazaña cuando ven el hogar de los Lachenal firme y terminado cerca de Praz.

En los primeros seis meses de 1950 veintidós expediciones intentan alcanzar la cumbre de alguno de los catorce ochomiles. Todas fracasan. Francia tiene un permiso de escalada y no puede dejarlo pasar. La expedición francesa es reducida (seis alpinistas más el cirujano Jacques Oudot y el cineasta Marcel Ichac), precipitada (apenas tienen dos meses para prepararla) y, si se trata de la primera expedición ligera en el Himalaya, se debe más a las carencias que a una estrategia; no disponen de cartografía, no tienen -salvo Ichac- experiencia en el Himalaya y, por desconocer, ni saben qué montaña van a subir, si el Dhaulagiri o el Annapurna.

Desde París vuelan vía Roma, El Cairo, Bahrein y Karachi hasta Delhi y desde allí continúan en tren y marcha hasta Nepal. El 6 de abril de 1950 contemplan por primera vez en sus vidas las montañas del Himalaya. Después de comprobar la inutilidad de los escasos mapas que llevan y realizar una decena de expediciones de reconocimiento Terray resume su estado de ánimo ante el resto de la expedición, tras inspeccionar la cara norte del Dhaula: “Siempre os lo podéis meter por el culo”. Han pasado cinco semanas desde la salida de Francia el 30 de marzo, y aún tienen que decidir qué montaña escalar. Tardan una semana más, hasta el 14 de mayo, en dirigirse al Annapurna. No imaginan lo que les espera.

Lachenal, fiel a su carácter, se desespera por la lentitud y el ingente tiempo que necesitan para todo. Tiene tiempo, excesivo e interminable, y se dedica a escribir en su diario comentarios etnográficos: “Las mujeres parecen tener poco pecho, e incluso algunas si no me equivoco, no tienen nada de pecho” o fisiológicos: “Aún tengo un poco de diarrea. Esta mañana me he manchado los pantalones (poco agradable)”. Contiene su desesperación: “No traen muchas novedades, excepto que el mapa es falso, indiscutiblemente”. O descubre la pared sur del Dhaulagiri: “Una vista espantosa… la moral está muy baja”. Sufre del mal de altura: “Jamás he hecho un descenso tan lento. Horribles golpes resuenan en mi cabeza”. Y sus percepciones se redimensionan: “Hemos asistido a la caída de un enorme serac… ¡de las dimensiones de la Aguille de Roc!”. Hasta el 22 de mayo, casi dos meses después de salir de Francia, no puede escribir “Estamos realmente contentos. Es el primer día de placer en el Himalaya”.

Que Lachenal y Herzog estén en el campo más elevado el 2 de junio de 1950 es más resultado del azar que de un plan de ascensión premeditado y calculado. Un campo más abajo están Terray y Rébuffat agotados pero dispuestos a un segundo intento de asalto. Todas las decisiones que ha ido tomando a lo largo de su vida han llevado a Lachenal a esa tienda de campaña, a unas horas de la cumbre del Annapurna. Herzog escribe en su libro (dictado convaleciente en el American Hospital de Neuilly durante 1951) Annapurna. Premier 8000: “Bruscamente Lachenal me interpela: “Si doy media vuelta ¿qué harás tú? En un instante, un mundo de imágenes desfila por mi cabeza… ¿Vamos a renunciar? No es posible… Mi voz resuena clara: Proseguiré solo… [Lachenal escoge sin vacilar] ¡Entonces voy contigo!”

¿Qué habrá sucedido en esa dimensión posible de la física cuántica donde Lachenal desciende y Herzog sube y muere? ¿Qué pensarán de Lachenal los compañeros de expedición? ¿Y los de la Escuela de Guías de Chamonix? ¿Y la prensa o la opinión pública? Y, sobre todo, ¿qué habrá en la conciencia de Lachenal, conociendo su carácter, tras dejar solo a un compañero? No hay respuesta posible. En la dimensión real que conocemos sabemos que Herzog, en aquellos momentos de anfetamínico romanticismo, escribe: “Sonrío interiormente por lo miserable de nuestra lucha… siento una alegría que no puedo definir”. Y percibe “un abismo” que le “aleja del mundo”, cree ver “la escala de Santa Teresa de Ávila” y reconoce que ha perdido toda noción del tiempo. Cuando alcanzan la cumbre, Herzog, “paralizado por la emoción”, ha llegado al edén, al éxtasis o al delirio insano cuando insiste en que está “decidido a morir en mi montaña” y no puede evitar una avalancha de megalomanía: “Hoy consagramos un ideal. Nada es demasiado grande”.

Herzog, en la gloria con peligrosos pensamientos, y Lachenal, abatido por la percepción evidente de las congelaciones, son Don Quijote y Sancho Panza en medio de las ventiscas del Annapurna a 8.000 metros de altitud. No se trata de dos percepciones del éxito, como se puede creer, en realidad son dos visiones del futuro. Lachenal tiene veintiocho años y teme quedar inválido para su profesión, que junto a su familia aporta todo el sentido a su vida. Herzog dedica su mejor pensamiento a los alpinistas muertos en el Himalaya: Mummery, Irvine y Mallory, Bauer, Welzenbach, Tilman, Shipton… pero no como homenaje sino que, teatral y celoso, escribe “Cuántos han muerto ya, cuántos han encontrado en estas montañas el fin más hermoso para ellos”.

Herzog nota que Lachenal le sacude para sacarle de su ensimismamiento, quiere bajar. “Un segundo. He de hacer fotografías”, impone Herzog. Lachenal grita: “¿Estás loco? ¡No tenemos tiempo que perder…! ¡Hay que bajar deprisa!”. Herzog mantiene la lucidez estratégica, es consciente de la necesidad de hacerse las fotos, -en color y blanco y negro- y Lachenal se las hace. Él está tan consternado que ni siquiera posa para la inmortalidad, se queda sentado, ausente y atemorizado, en la única fotografía que le hace Herzog, sale desenfocado. Para Lachenal la gloria es un asunto privado pero Herzog, un hombre de negocios pragmático e inteligente, incluso brillante, sabe que las fotografías en la cima del Annapurna son imprescindibles para el bautizo de inmortalidad que desea. Que esa fotografía de Lachenal, preservada por Ichac en su archivo personal, esté desenfocada significará en el futuro la privatización de la conquista del Annapurna para Herzog.

A diferencia de otras facetas de la vida o el deporte en las montañas es fácil diferenciar el éxito del fracaso. Lachenal escribe en sus diarios recordando esas horas: “No tuvimos elección, seguir o el fracaso absoluto”. Lachenal no cae en el heroísmo místico de Herzog, al que recuerda “iluminado” en todo momento, y reconoce humilde su único pensamiento en la cima: “Yo, por mi parte, sólo quería descender, y por esa razón conservé la cabeza sobre los hombros”. Esto niega la versión de Herzog, quien deja entrever en su relato a un Lachenal que había perdido la cabeza descendiendo muy rápido. Lo cierto es que Lachenal sabe que sus “[mis] pies se estaban congelando y la cima [me] los iba a cortar”. Lo más dramático es que no se equivocaba.

Terray revive el opresivo silencio del Himalaya durante el desordenado y caótico descenso: “Dispuesto a morir pero en modo alguno quería convertirme en un lisiado… ¿Qué iba a ser de mí en la tierra convertido en un tullido? ¿Qué iba a hacer si para mí nada cuenta de verdad fuera de mi oficio?”. Ahí radica la diferencia entre un héroe –dispuesto a sacrificar su vida si es necesario pero bajo condiciones de excepcionalidad- y un jugador –dispuesto a jugársela a todo o nada sin más.

En la película de Ichac, Victoire sur l’Annapurna, se ve a Terray y Rébuffat regresar cegados por la nieve; a Herzog aún con fuerzas para hablar apoyado sobre un sherpa; a Lachenal, andando a duras penas entre dos sherpas, incapaz de hablar y con una mueca de pavor y nihilismo que ha transfigurado su rostro, en la mirada perdida hay tanta incertidumbre como perplejidad. Después, al ser llevado a espaldas de los sherpas y tener que cruzar estrechos puentes de madera colgante o empinados descensos, no ha desaparecido el estupor. Son esas imágenes, que tensan la emoción de quien las ve, las que hacen indiscutible y cierto lo escrito en los diarios por Lachenal. Al final de la película se ve una vez más a Herzog, alejándose sobre una improvisada litera a hombros de los sherpas, con una sonrisa alucinada y diabólica.

La historia podría haber quedado así, convirtiendo en héroes a dos tullidos y una suerte antagónica en sus vidas posteriores. Herzog, un hombre de éxito, capaz de mantener múltiples equilibrios en los juegos de palancas del poder, que se había librado de la muerte en el ascenso gracias a Lachenal y en el descenso gracias a Terray y Rébuffat. Y Lachenal, un guía de montaña disminuido, un escalador sin pies, en palabras de Terray, “un águila con las alas cortadas”. Pero el asunto de cordada de Lachenal tiene aún un epílogo penoso.

En 1956, tras la muerte de Lachenal el año anterior, el hermano de Herzog, Gérard, y Lucien Devies, jerarca rector del alpinismo francés, amputan los diarios de Lachenal para preservar la leyenda y fijan las cuerdas de una sórdida manipulación. Es difícil creer que Momo, como llamaba Lachenal a Herzog, desconozca esta manipulación porque uno es su hermano y el otro, su mentor y defensor. Visto desde hoy es un acto tan pueril como inútil, de maldad o estupidez o de ambas cosas. Se trata de una ingratitud póstuma que hasta mediados de los años 90 no se desvela con la publicación íntegra de los Carnets du Annapurna de Lachenal. En ellos descubrimos no a un héroe trágico aceptando estoico su destino y la venganza del Annapurna, sino a un alpinista mutilado, sufriente y decepcionado para quien la conquista del Annapurna no ha merecido la pena. Esa conquista ni siquiera la considera a la altura de alguna de las realizadas en los Alpes por él y Terray. Lachenal no odió ni culpó jamás a Herzog. No le hizo responsable de sus mutilaciones, como prueba al escribir en su diario cuánto deseaba que pudiesen escalar juntos, cosa que acaban haciendo en las paredes del Monte Rosa.

En la primera ascensión al Annapurna no hay un drama shakesperiano de traición, envidia y venganza como en el K2 (cuando Compagnoni y Lacedelli obligaron a Bonatti y Madhi a un vivac homicida a 8.1000 metros, cambiando el lugar del último campo de donde habían acordado, para que no compitieran con ellos en llegar a la cima) sino una historia de abismal ingratitud, decepción y falsa grandeur. El libro de Herzog, que ha influido en cientos de miles de personas para salir a la montaña, es una narración exaltada del compañerismo, los ideales alpinos y la patria. Así que cuando se desvela que lo que se castra de los textos de Lachenal son las líneas de decepción, amargura, las debilidades patrióticas o las frases más críticas o sarcásticas, uno lamenta tanto que Herzog sea, al fin y al cabo, tan malagradecido y egocéntrico como trágico el destino de Lachenal. Cuando Terray escribe, con la frialdad de la distancia de los años, contra quienes al escalar lo hacen “impulsados por un secreto deseo de ser el elegido para la victoria, y adoptan un comportamiento demasiado individualista”, es inevitable identificar a Herzog.

A la muerte de Rébuffat, en 1985, se conoció la existencia de otra fotografía que había mantenido oculta en su archivo personal, hecha también por Lachenal en la cumbre. En ella se ve a Herzog con los brazos en alto y con otra bandera, no la francesa, sino de la empresa donde trabajaba y que financió una parte de la expedición. Esa fotografía y la amputación de los diarios de Lachenal hace que visto desde hoy Herzog sea un vanguardista de la mercantilización de los logros; un adelantado visionario del relativismo ético y el darwinismo social de nuestro tiempo; un prestidigitador del doble discurso capaz de escribir (y hablar) de altruismo, compañerismo, sacrificio y patria mientras oculta a los ojos de todos, como un tahúr, la jugada ganadora: piensa en la gloria sí, pero en la suya. Y visto desde hoy Herzog también es un pulcro cínico al escribir en su libro: “Todos estábamos dispuestos al sacrificio para obtener este resultado”. Lachenal, de manera evidente, le desmentía en su diario, lo que tampoco es tan terrible; y así fue como se hizo necesaria, para los hermanos Herzog y Devies, una nueva dimensión donde no hubiese contradicción entre los beneficiarios de la gloria y su principal damnificado. El que vive se queda con toda la verdad.


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En 2000 David Roberts en su libro True Summit vuelve a la historia de aquella expedición. Roberts, montañero reconocido, no es un revisionista en busca de popularidad ni odia a Herzog (en 1980 escribió que Annapurna. Primer 8000 era el libro de montaña más importante jamás escrito). El libro de Roberts apunta a las contradicciones entre la versión oficial y lo ocurrido en realidad, pero es contrarrestado sin ahogos por un grupo liderado por Jean Michel Asselin, redactor jefe de la revista Vertical, que sale en defensa de Herzog y la leyenda. Asselin se carga de razón cuando escribe: “Que la leyenda no corresponde exactamente con la realidad. ¡Menudo descubrimiento!”. La clave no son las divergencias de las versiones de un mismo hecho, no pueden serlo en una sociedad como la nuestra capaz de asumir contradicciones mucho más sangrantes entre verdad y mentira. La clave es la manipulación de los hechos que conforman la memoria colectiva para un beneficio partidista y privativo.

A la vuelta del Annapurna Lachenal no quiere compasión y se encierra en sí mismo, taciturno, ansioso y melancólico. Está aterrorizado por no saber si podrá volver a ejercer su profesión. Lo peor es que tiene muy dañados los talones. Sin dedos de los pies se puede escalar pero para ello necesita la base de los dedos y los talones. Lo que mantiene intacto Lachenal es su carácter y pone todo su empeño en la recuperación. Conversa durante horas con los médicos, aprende anatomía, se hace especialista de sus daños y acaba discutiendo con el cirujano los detalles de las intervenciones; y para que no haya duda en la mesa de operaciones se cuelga del cuello carteles con esquemas, ordenes y objetivos de cada intervención: “Cortar…, limar tres centímetros…, coser hacia arriba y no hacia abajo…”. O dibuja en sus piernas las partes que han de ser tratadas.

Un día al salir del hospital le espera Adéle con una sorpresa. Para reducir las incomodidades de las numerosas y penosas visitas al hospital de Neuilly, Adéle ha comprado un automóvil, un 2CV. Lachenal se imita a sí mismo, todo lo hace con tanto ímpetu e impaciencia como honestidad y audacia; y pronto consigue el carné de conducir rodeado de periodistas que no permiten al examinador suspenderle por temerario. Conducir es el sucedáneo de la intensidad emocional que le ha proporcionado la montaña. Lachenal se reencarna en el profeta de la conducción. Fiel a su carácter, el hombre que ha desmaterializado la escalada, insiste en explicar su único mandamiento: “Sólo tienes que pisar el pedal a fondo”. Estamos de nuevo ante la velocidad Lachenal.

Según, el mítico alpinista, Reinhold Messner: “No existe una enfermedad de las montañas más difícil de soportar que la falta de ellas”. Lachenal se confronta al vacío de sus vivencias en la montaña y se vuelca en la velocidad, acosado por su ansia existencial, hasta el límite de las leyes físicas y de las posibilidades mecánicas de sus automóviles. Como el pie derecho le produce dolores al mantener pisado el acelerador, decide modificar su estrategia: cuando logra suficiente velocidad coloca un ladrillo en el acelerador. Ya no conducirá nunca sin un ladrillo. Y pasa poco tiempo antes de que el profeta se quede sin discípulos, nadie quiere acompañarle mientras conduce y los pocos que lo hacen no repiten la experiencia. Lachenal sufre bastantes accidentes, destruye un buen número de coches, y siempre sale ileso sin traicionar su ley de no levantar el pie, o el ladrillo, del acelerador. Lachenal parece apurar todas las vidas salvadas en el Annapurna y en todas las dimensiones posibles.

Lachenal no es un alpinista de conquistas sino de vivencias y es por lo que siente una infinita nostalgia de la escalada. Vuelve a escalar en solitario y regresa a veces eufórico o, las más de ellas, taciturno. No permite que nadie comparta su lentitud. Con treinta años acepta realizar un viaje, como poco, singular. Le ofrecen dar nada menos que cincuenta y cuatro conferencias en dos meses en el Congo Belga [Zaire entre 1971 y 1999, hoy República Democrática del Congo]. Lo cierto es que Lachenal medita ascender en el Valle del Rift, muy lejos de Chamonix y sin nadie que sienta lástima por él, al Ruwenzori, de 5.215 metros. Aun sin presentar grandes dificultades técnicas, esa penosa ascensión le libera del gélido sentimiento de invalidez y de la ventisca de las dudas. De regreso a Chamonix vuelve a escalar en roca, consciente de que ha perdido mucho de forma definitiva. No quiere ni puede renunciar al alpinismo. En una prueba de superación técnica y emocional escala, a lo grande, ataca y conquista la arista Sur de la Aguja Noire de Peuterey. Mientras sigue la rehabilitación y continúan las molestias, renace el escalador sobre el símbolo; un Lachenal eléctrico e inflamado recupera los horarios Lachenal.

Pero la fatalidad hace tiempo que es la sombra de Lachenal y cuando baja esquiando, en una situación meteorológica extrema, por el Valle Blanche hacia Montevers, ante los ojos de su amigo Jean Payot, que en principio se ha negado a acompañarle, le ve desaparecer –como sucede al observar una catástrofe sin formar parte de ella- con pavor e incredulidad. Ha caído en una grieta de treinta metros de profundidad y se ha roto la nuca. Es el 25 de noviembre de 1955.

Buena parte de la prensa francesa en el 40 y el 50 aniversario de la conquista del Annapurna reivindicó y explicó que Herzog no llegó a la cumbre solo, que hubo otro gran alpinista en la cima. ¿Qué ocurre desde 1956 a 1990 o 2000 para que sea necesario repescar del olvido lo que debería ser un lugar común? ¿Qué tipo de codicia incautó los hechos indiscutibles del ascenso al Annapurna e hipnotizó la memoria colectiva? La mayoría de las polémicas han sido estériles: no hay caso Annapurna porque no hay prueba alguna de que no llegasen a la cumbre, Lachenal lo hubiese dicho y Herzog estaba demasiado obsesionado por ella como para tramar ese engaño. Tampoco hay un caso Lachenal porque no hay verdad que desvelar (el K2 y el caso Bonatti) ni que desenterrar (el Nanga Parbat y el caso Messner) o irresuelta por los siglos (el Everest y el caso Mallory). A la memoria de Lachenal hay quien le deberá siempre disculpas históricas.

A Lachenal le debemos la espontánea reacción de preservar la verdad y preservar la generosidad y honestidad de un gran alpinista: “Si subí hasta la cima no fue por una cuestión de prestigio nacional. Fue por un asunto de cordada”. Lachenal decidió en uno de los momentos cruciales de su vida, como hacemos todos, y luego asumió las consecuencias que sin duda padeció. Existe una frase del pensador presocrático Heráclito, compuesta sólo por tres palabras, que ha fascinado durante siglos por su complejidad y contradicción a generaciones de pensadores: “Carácter es destino”.

creative_commons

2 Responses

  1. Hola,

    Enhorabuena, he disfrutado mucho leyendo este articulo y he descubierto muchas de las miserias y grandezas de esta apasionante epopeya. GRACIAS.
    José Antonio.
    http://www.japarapente.blogspot.com

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